Soy trabajadora social. Actualmente divido mi jornada laboral entre Servicios Sociales, como responsable de un proyecto concreto, una vivienda para personas sin techo y mi labor como trabajadora social de la residencia geriátrica municipal, todo ello en la localidad de Molins de Rei, cerca de Barcelona.
Recientemente hemos vivido un acontecimiento excepcional, que ha salido en los medios de comunicación: un hombre se atrincheró en su casa, amenazando con hacer volar el edificio y con disparar a quién intentara acercarse a él. Tuvo a toda la población en vilo durante 11 horas y a todo el ayuntamiento, servicios sociales incluidos, movilizados. Hay muchos detalles que no han salido en la prensa ni en la televisiones y que, por secreto profesional, no puedo desvelar, pero lo que no se dice y sí creo que es importante, es la labor de muchos profesionales de servicios sociales y de otros departamentos, que estuvimos trabajando hasta pasadas las 12 de la noche para atender a las personas desalojadas y solucionar montones de problemas que iban surgiendo.
He podido vivir desde dentro un gabinete de crisis en una situación extrema en la que sólo podíamos ir improvisando y salió bien.
Afortunadamente, la situación se resolvió sin daños importantes para nadie. Los más afectados han sido y son los familiares del hombre que montó el sarao que sufren las consecuencias de un acto que no han provocado. Desgraciadamente, las lenguas corren mucho y los dedos se agitan acusadores hacia personas que son las auténticas víctimas de esa fatal circunstancia y ellas son, justamente, las grandes olvidadas.
Los vecinos ya están en sus casas y han vuelto a la normalidad. El agitador está en manos de profesionales que se ocupan de ellos, pero.... ¿quién se preocupa de su madre, hermanos, sobrinos, etc? ¿Acaso no necesitan una atención, quizás psicológica, para asumir lo que les ha roto la vida? ¿para sostener que se les mire recelosamente cuando salen a la calle y se murmura de ellos?
Todo este asunto me ha recordado un documental, no me acuerdo de quién, que trataba del calvario que pasan las familias de los que están en el corredor de la muerte en USA, personas que no han cometido ningún crimen y que sufren unas consecuencias devastadoras en sus vidas. Nadie habla de ellos, nadie se ocupa de ellos, nadie piensa en ellos y ellos padecen en silencio un dolor atroz que difícilmente podrán superar. Paradójicamente, el silencio también es su aliado, ya que salir a la luz supondría aún más dolor y vergüenza por algo de lo que no son responsables, aunque a menudo se preguntan, sobretodo si son los padres del acusado, ¿qué coño habré hecho tan mal para que mi hijo/a haya llegado a esto?
Y así, los que somos padres, inevitablemente asumimos la culpa de nuestros vástagos y sufrimos en silencio todo el dolor del mundo, sin que nadie se entere.
domingo, 20 de mayo de 2007
miércoles, 9 de mayo de 2007
Divagaciones
Estoy trabajando. Aquí es donde actualmente paso la mayor parte de las horas del día y poco tiempo tengo para conectarme y escribir. El ordenador es compartido entre varios profesionales y mi labor principal se encuentra más entre las personas que entre las máquinas y los papeles, de lo cual me alegro muchísimo.
Cuando salgo de aquí, tengo ganas de seguir entre los humanos de carne y hueso: mis padres que ya están viejecitos, mis hijos con los que sólo tengo oportunidad de compartir la cena y poco más antes de irnos a dormir, mis amigos, mis animales.
Hay muchas cosas que han cambiado en mi vida y poco a poco, no sólo me voy adaptando a lo nuevo, sino que le voy encontrando el placer de que así sea.
Antes tenía un trabajo free-lance, en el que no me sentía atada a nada ni a nadie: iba y venía como quería, dando cursos por diferentes residencias geriátricas de Catalunya. La inestabilidad era la reina en todos los sentidos y yo argumentaba que prefería menos dinero o, en todo caso, menos seguro, que renunciar a mi libertad y a mis días de pseudo-nomadismo en los que me podía permitir dejar de trabajar e irme a la playa, a la montaña o simplemente quedarme en casa, conectada a internet, escribiendo o chateando.
Hoy tengo un trabajo más o menos estable (ninguno lo es del todo actualmente, no?) y he entrado en una rutina que a veces me agobia. Me he dado cuenta de que esa sensación de agobio es más neurótica que real pues mi trabajo me encanta y cada día lo disfruto más. No es un esfuerzo levantarme por las mañanas para venir al curro, más bien al contrario: disfruto sólo de pensar en volver a ver y a trabajar con mis ancianitos y en intentar, junto con mis colegas de trabajo, que este lugar sea lo más agradable posible para ellos.
Y cuanto más a gusto me siento en este mundo de realidades cotidianas, de tristezas y alegrías, de dolor y placer, de pequeños detalles sin grandes intensidades a las que tengo tendencia a ser adicta, menos necesito estar en contacto con el mundo virtual.
Me doy cuenta de que mi necesidad de intensidad emocional me ha llevado a buscarla ahí donde la podía hacer a mi medida: internet.
Ahora estoy de vuelta a casa, hacia mi interior y hacia los míos, los de carne y hueso, sin abandonar este mundo en el que sé que los que estáis detrás de maravillosos escritos también sois de carne y hueso, como lo soy yo también.
Es otra forma de relación: nos hablamos, nos tocamos, nos acariciamos, nos oímos.... quizás también nos olemos, de otra manera... porque la comunicación tiene muchas facetas y los sentidos descubren que pueden ir más allá del tiempo y del espacio... sin olvidar que esto es un medio que en ningún caso debería sustituir ni quitarle protagonismo al mundo real.
Cuando salgo de aquí, tengo ganas de seguir entre los humanos de carne y hueso: mis padres que ya están viejecitos, mis hijos con los que sólo tengo oportunidad de compartir la cena y poco más antes de irnos a dormir, mis amigos, mis animales.
Hay muchas cosas que han cambiado en mi vida y poco a poco, no sólo me voy adaptando a lo nuevo, sino que le voy encontrando el placer de que así sea.
Antes tenía un trabajo free-lance, en el que no me sentía atada a nada ni a nadie: iba y venía como quería, dando cursos por diferentes residencias geriátricas de Catalunya. La inestabilidad era la reina en todos los sentidos y yo argumentaba que prefería menos dinero o, en todo caso, menos seguro, que renunciar a mi libertad y a mis días de pseudo-nomadismo en los que me podía permitir dejar de trabajar e irme a la playa, a la montaña o simplemente quedarme en casa, conectada a internet, escribiendo o chateando.
Hoy tengo un trabajo más o menos estable (ninguno lo es del todo actualmente, no?) y he entrado en una rutina que a veces me agobia. Me he dado cuenta de que esa sensación de agobio es más neurótica que real pues mi trabajo me encanta y cada día lo disfruto más. No es un esfuerzo levantarme por las mañanas para venir al curro, más bien al contrario: disfruto sólo de pensar en volver a ver y a trabajar con mis ancianitos y en intentar, junto con mis colegas de trabajo, que este lugar sea lo más agradable posible para ellos.
Y cuanto más a gusto me siento en este mundo de realidades cotidianas, de tristezas y alegrías, de dolor y placer, de pequeños detalles sin grandes intensidades a las que tengo tendencia a ser adicta, menos necesito estar en contacto con el mundo virtual.
Me doy cuenta de que mi necesidad de intensidad emocional me ha llevado a buscarla ahí donde la podía hacer a mi medida: internet.
Ahora estoy de vuelta a casa, hacia mi interior y hacia los míos, los de carne y hueso, sin abandonar este mundo en el que sé que los que estáis detrás de maravillosos escritos también sois de carne y hueso, como lo soy yo también.
Es otra forma de relación: nos hablamos, nos tocamos, nos acariciamos, nos oímos.... quizás también nos olemos, de otra manera... porque la comunicación tiene muchas facetas y los sentidos descubren que pueden ir más allá del tiempo y del espacio... sin olvidar que esto es un medio que en ningún caso debería sustituir ni quitarle protagonismo al mundo real.
martes, 8 de mayo de 2007
Maia

Me siento feliz. Ayer llegó a casa un nuevo miembro de la familia: Maia, mi gato. Su nombre tiene que ver con el velo que nos impide ver la realidad en idioma sánscrito, el del título de mi blog.
La gata de mi hija, Scarlett, no está muy conforme. 14 años de reina absoluta de la casa le pesan. Ayer tuvo una actitud despreciativa y no le hizo ni caso.
Maia ha dormido conmigo. Me costó conciliar el sueño teniéndolo cerca de mí. Me ha hecho de todo: besitos, mordiscos, ronroneos, ha jugado con mi pelo y también ha dormido plácidamente. Igual que un buen amante!!
viernes, 4 de mayo de 2007
Morirse (http://enkadenados.blogspot.com/
Siguiendo la duda planteada por Wilde en su blog Enkadenados, aprovecho para escribir este blog sobre el morirse.
Ante todo quiero hacer la diferencia entre estar sana por completo y tener una enfermedad terminal, en esa duda sobre si quiero o no quiero saber cuándo me voy a morir. Porque lo totalmente cierto es que la muerte llegará en algún momento. En ámbitos de videncia, tarot y mundo esotérico, un buen profesional (que los hay) éticamente tiene completamente prohibido anunciar una muerte.
En mi actual estado completamente sano de salud, jamás querría saber el momento de mi muerte. La angustia que eso me produciría sería devastadora para mí. En potencia, todos somos terminales, ya que la muerte puede aparecer en cualquier momento y bajo múltiples formas, de ahí que soy una convencida de que en nuestra sociedad sería necesaria una cultura de la muerte, que se ha perdido. La muerte forma parte de la vida, es la otra cara de la misma moneda y no existen la una sin la otra. Tener consciencia de la muerte es una buena manera de vivir la vida intensamente, como si cada día fuera el primero y el último. Sólo así podemos VIVIR en mayúsculas. Olvidar que existe la muerte o poner la cabeza debajo del ala sólo sirve para entrar en el engranaje rutinario de una vidas no vividas, en busca de la seguridad y de las certezas, que son totalmente efímeras e inestables. La vida es cambio y cuanto más nos aferremos a lo contrario, más sufriremos.
Actualmente vivimos de espaldas a la muerte, como si no existiera, a pesar de estar rodeados por ella, miremos donde miremos.
Es cierto que por mucho que nos podamos preparar, la muerte es triste y dolorosa, sea en carne propia o en la de amigos y familiares. Es la disolución total de lo que hemos sido en la vida y nuestros naturales apegos hacen que suframos ante esa pérdida.
En caso de padecer una enfermedad terminal, el enfermo tiene derecho a saber lo que le pasa, no la obligación. Cada caso, cada persona es un mundo y no existe una respuesta correcta, sino una respuesta para cada individuo en cada momento de su vida. Hay personas que, gracias a no saber que iban a morir pronto, han vivido más tiempo; otras, por el contrario, quieren saber la verdad y eso les da fuerzas para luchar. No se puede luchar cuando no se sabe contra qué... ni que exista la posibilidad de luchar.
Hay otra circunstancia a tener en cuenta: una persona enferma se encuentra mal y ocurre a menudo que se le esconde la realidad de su próxima muerte, lo cual le produce mucha angustia al haber una discordancia entre lo que le dice su cuerpo y lo que le dicen los médicos y la familia. No se atreve a preguntar por temos a la respuesta, aunque en el fondo sabe o teme la verdad. En estos casos, generalmente, si finalmente llega a saber que va a morir pronto, siente mucho alivio: las cosas cuadran y ya sabe... puede disponer del tiempo que le queda como mejor lo crea.
Al saberlo, puede iniciar el proceso de duelo de su propia vida, lo cual es imposible si no lo sabe.
El proceso de duelo es un proceso natural en el ser humano, un proceso de adaptación a una nueva situación, dejando atrás otra. Se compone de diferentes estadios no lineales, que se van solapando y entrecruzando: negación, ira, negociación, depresión y aceptación. La última etapa, la aceptación, es de hecho el objetivo y no siempre se consigue, desafortunadamente.
Saber que me voy a morir cuando tengo una enfermedad me da la posibilidad de hacer ese proceso y llegar a la muerte con aceptación y paz. Si no lo sé, no tendré esa oportunidad.
Y dejando de lado los tecnicismos: me da miedo la muerte y más aún el sufrimiento que pueda haber anteriormente; me aterra la muerte de mis hijos conmigo en vida; acepto mejor la muerte de mis padres... al fin y al cabo existen factores que determinan cómo va a ser mi proceso de duelo y desde luego, entre esos factores están la edad, el tipo de muerte (repentina, por enfermedad o por suicidio básicamente) y el lazo afectivo que me une a ellos.
Nadie está nunca del todo preparado para afrontar la muerte o muy poca gente, pero creo que es importante estar lo mejor preparados posible y eso sólo se consigue mirándola de frente y asumiendo que forma parte de la vida, tomar consciencia de ella día a día.
Y desde luego, yo sí quiero saberlo si tengo una enfermedad terminal. Quiero poder disponer de mi tiempo como me dé la gana y no que lo hagan los demás por temor a mi reacción. Es mi derecho, es mi vida, es mi tiempo, es mi muerte.
No sólo quiero saberlo, también quiero morirme siendo consciente de que me muero, despedirme de mis seres queridos e irme, con los ojos abiertos y sabiendo lo que me está pasando. No deja de ser el momento más importante de mi vida junto con el nacimiento.
Ante todo quiero hacer la diferencia entre estar sana por completo y tener una enfermedad terminal, en esa duda sobre si quiero o no quiero saber cuándo me voy a morir. Porque lo totalmente cierto es que la muerte llegará en algún momento. En ámbitos de videncia, tarot y mundo esotérico, un buen profesional (que los hay) éticamente tiene completamente prohibido anunciar una muerte.
En mi actual estado completamente sano de salud, jamás querría saber el momento de mi muerte. La angustia que eso me produciría sería devastadora para mí. En potencia, todos somos terminales, ya que la muerte puede aparecer en cualquier momento y bajo múltiples formas, de ahí que soy una convencida de que en nuestra sociedad sería necesaria una cultura de la muerte, que se ha perdido. La muerte forma parte de la vida, es la otra cara de la misma moneda y no existen la una sin la otra. Tener consciencia de la muerte es una buena manera de vivir la vida intensamente, como si cada día fuera el primero y el último. Sólo así podemos VIVIR en mayúsculas. Olvidar que existe la muerte o poner la cabeza debajo del ala sólo sirve para entrar en el engranaje rutinario de una vidas no vividas, en busca de la seguridad y de las certezas, que son totalmente efímeras e inestables. La vida es cambio y cuanto más nos aferremos a lo contrario, más sufriremos.
Actualmente vivimos de espaldas a la muerte, como si no existiera, a pesar de estar rodeados por ella, miremos donde miremos.
Es cierto que por mucho que nos podamos preparar, la muerte es triste y dolorosa, sea en carne propia o en la de amigos y familiares. Es la disolución total de lo que hemos sido en la vida y nuestros naturales apegos hacen que suframos ante esa pérdida.
En caso de padecer una enfermedad terminal, el enfermo tiene derecho a saber lo que le pasa, no la obligación. Cada caso, cada persona es un mundo y no existe una respuesta correcta, sino una respuesta para cada individuo en cada momento de su vida. Hay personas que, gracias a no saber que iban a morir pronto, han vivido más tiempo; otras, por el contrario, quieren saber la verdad y eso les da fuerzas para luchar. No se puede luchar cuando no se sabe contra qué... ni que exista la posibilidad de luchar.
Hay otra circunstancia a tener en cuenta: una persona enferma se encuentra mal y ocurre a menudo que se le esconde la realidad de su próxima muerte, lo cual le produce mucha angustia al haber una discordancia entre lo que le dice su cuerpo y lo que le dicen los médicos y la familia. No se atreve a preguntar por temos a la respuesta, aunque en el fondo sabe o teme la verdad. En estos casos, generalmente, si finalmente llega a saber que va a morir pronto, siente mucho alivio: las cosas cuadran y ya sabe... puede disponer del tiempo que le queda como mejor lo crea.
Al saberlo, puede iniciar el proceso de duelo de su propia vida, lo cual es imposible si no lo sabe.
El proceso de duelo es un proceso natural en el ser humano, un proceso de adaptación a una nueva situación, dejando atrás otra. Se compone de diferentes estadios no lineales, que se van solapando y entrecruzando: negación, ira, negociación, depresión y aceptación. La última etapa, la aceptación, es de hecho el objetivo y no siempre se consigue, desafortunadamente.
Saber que me voy a morir cuando tengo una enfermedad me da la posibilidad de hacer ese proceso y llegar a la muerte con aceptación y paz. Si no lo sé, no tendré esa oportunidad.
Y dejando de lado los tecnicismos: me da miedo la muerte y más aún el sufrimiento que pueda haber anteriormente; me aterra la muerte de mis hijos conmigo en vida; acepto mejor la muerte de mis padres... al fin y al cabo existen factores que determinan cómo va a ser mi proceso de duelo y desde luego, entre esos factores están la edad, el tipo de muerte (repentina, por enfermedad o por suicidio básicamente) y el lazo afectivo que me une a ellos.
Nadie está nunca del todo preparado para afrontar la muerte o muy poca gente, pero creo que es importante estar lo mejor preparados posible y eso sólo se consigue mirándola de frente y asumiendo que forma parte de la vida, tomar consciencia de ella día a día.
Y desde luego, yo sí quiero saberlo si tengo una enfermedad terminal. Quiero poder disponer de mi tiempo como me dé la gana y no que lo hagan los demás por temor a mi reacción. Es mi derecho, es mi vida, es mi tiempo, es mi muerte.
No sólo quiero saberlo, también quiero morirme siendo consciente de que me muero, despedirme de mis seres queridos e irme, con los ojos abiertos y sabiendo lo que me está pasando. No deja de ser el momento más importante de mi vida junto con el nacimiento.
miércoles, 2 de mayo de 2007
Ida de olla
Amarrar el pensamiento
Evitar la obsesión
Consciencia del presente sin especulación
Futuros inciertos en el mar de las dudas
Huir del análisis, vivir la confusión
Sentir el deseo irracional de la piel, de las tripas, de la mirada, gemidos que se hunden silenciosamente por los laberintos del cráneo, de los sesos, de la sangre, inundándolo todo.
Huir, parar, volver, correr, desaparecer.
Suplicio de la inmovilidad que reclama su espacio y su razón de ser.
Hacer sin hacer.
Esencia de lo divino prisionera de la ética, de la distancia.
Palabras escritas, emociones bordadas, sentimientos reprimidos, bocas cosidas con cuerda burda, estallido del ser en fusión incontrolada, consciencia.
Atrapada tras una ventana con rejas en una sala sin puerta, las alas pugnando por nacer.
Sentada en el frío suelo, los ojos cerrados, inhalo, exhalo, percibiendo la fuerte marea interior, observándola sin reaccionar.
Evitar la obsesión
Consciencia del presente sin especulación
Futuros inciertos en el mar de las dudas
Huir del análisis, vivir la confusión
Sentir el deseo irracional de la piel, de las tripas, de la mirada, gemidos que se hunden silenciosamente por los laberintos del cráneo, de los sesos, de la sangre, inundándolo todo.
Huir, parar, volver, correr, desaparecer.
Suplicio de la inmovilidad que reclama su espacio y su razón de ser.
Hacer sin hacer.
Esencia de lo divino prisionera de la ética, de la distancia.
Palabras escritas, emociones bordadas, sentimientos reprimidos, bocas cosidas con cuerda burda, estallido del ser en fusión incontrolada, consciencia.
Atrapada tras una ventana con rejas en una sala sin puerta, las alas pugnando por nacer.
Sentada en el frío suelo, los ojos cerrados, inhalo, exhalo, percibiendo la fuerte marea interior, observándola sin reaccionar.
martes, 1 de mayo de 2007
Sombras del pasado

Día de fiesta entre trapos, polvo, aspiradora, fregona, completamente decidida a tirar o regalar lo viejo, lo inútil y algunos objetos de decoración que pueblan mis estanterías; vaciar cajones y volverlos a llenar con lo estrictamente necesario; desplazar muebles, levantar cojines, sacar la mierda que no se ve y que está ahí, escondida entre bambalinas.
Y como no, aparecen fotos antiguas, objetos olvidados, música que despierta melancolías de ausencias no elegidas.
He encontrado una participación de mi boda, una foto de una cena junto a mi marido años ha y, simultáneamente escuchaba con el MP3 una de nuestras canciones favoritas: All that heaven will allow de Bruce Springsteen.
Me he sentado y dulcemente las lágrimas han iniciado un recorrido por mis mejillas. ¿Tristeza? sí, supongo que sí, pero una tristeza agradable, tierna, que me hacía sentir bien, el cuerpo relajado, en actitud de aceptación de un pasado que fue y que me ha ayudado a ser cómo soy actualmente.
Él ha desaparecido dos veces de mi vida: la primera porque me quise separar, tras 24 años juntos y dos hijos; la segunda, hace poco más de un año, cuando murió, demasiado joven, demasiado pronto.
Hoy ha regresado en forma de papel, de foto y de música, aunque de una forma u otra siempre está conmigo y con mis hijos.
Es lo que tiene la limpieza: empiezo sacando el polvo y acabo sacando las tripas!! Vale, he exagerado!!! Yo soy así de peliculera.....
Suscribirse a:
Entradas (Atom)