Daoud Hari, víctima y testigo del genocidio de Darfur
"Enterré a mi hermano en la arena"
VÍCTOR-M. AMELA - 26/05/2008 (Contra de la Vanguardia)
Tengo unos 35 años: mi tribu no usaba registros oficiales. Nací en el norte de Darfur, en Sudán, y hoy vivo refugiado en EE. UU. Ni estoy casado ni tengo hijos.
¿Política? La odio. ¿Dios? Soy musulmán, pero por mi cuenta. Tengo fe en mí mismo y lucho por la paz en Darfur.
¿Qué pasó en su aldea?
Los helicópteros la ametrallaron, quemaron las chozas, los yanyauid mataron a los que se quedaron a defenderla, como mi hermano Ahmed. Arrasaron todo. Había sido una buena aldea...
¿Qué hizo usted?
Ayudé a la gente a huir a la montaña, entre ellos mis padres y mi hermana, con todos los camellos y ovejas que pudimos. Volví al día siguiente y enterré a mi hermano en la arena. Luego, con nuestros camellos, ayudé a los desplazados a refugiarse en Chad.
¿Cuándo sucedió eso?
En el 2003. Desde entonces, el gobierno de Sudán y los yanyauid llevan 300.000 personas asesinadas, miles de aldeas destruidas, dos millones y medio de habitantes de Darfur desplazados. Darfur, al occidente de Sudán, equivale en extensión a una España de desiertos, cordilleras y sabana.
¿Quiénes son los yanyauid?
En la lengua de los zaghawa, mi etnia, yanyauid significa "jinete armado": así llamamos a los árabes nómadas, que van a caballo y con fusiles. Cuando yo era niño eran amistosos y convivíamos con ellos.
¿Y por qué las cosas cambiaron?
Los zaghawa agricultores y los yanyauid ganaderos tenían disputas, pero las resolvían los respectivos jefes... hasta que el gobierno espoleó a los yanyauid contra nosotros.
¿Con qué fin?
Nosotros hemos sido siempre autónomos y trabajadores, sacábamos muy buena riqueza de nuestra tierra. En mi pueblo, en el norte de Darfur, en la zona desértica, la prosperidad se mide en camellos: mi padre tenía 150 camellos, mi familia se ha dedicado al pastoreo y trata de camellos durante generaciones, que vendíamos en Libia, Egipto...
¿Quiso el gobierno robar sus tierras?
Es un gobierno despótico y genocida, apoyado por China: las empresas chinas quieren campo libre para sus explotaciones de petróleo y recursos naturales. La camarilla gobernante las ayuda y se beneficia. China la provee de armas, que van gratis a los yanyauid para que nos maten, a cambio de beneficios.
Eso se llama genocidio.
Lo es, y continúa. ¡Lo triste es que hagan más por nosotros cuatro estrellas de Hollywood que todos los gobiernos europeos juntos! Agradezco a Mia Farrow, George Clooney, Don Cheadle, Angelina Jolie y Brad Pitt que divulguen nuestra tragedia...
¿Qué debería hacerse, en su opinión?
La ONU debería enviar tropas para garantizar la seguridad física y la vida de miles de civiles. Es lo mínimo.
¿Qué es lo peor que ha visto usted?
Ayudé durante meses a desplazados, y he visto a niñas violadas por los yanyauid, a madres con hijos muertos de hambre en los brazos, a padres trastornados..., ¿acaso hay algo peor que ver cómo matan a tu hijita?
No creo.
Recuerdo a un desplazado: había enviado a su hija de cinco años a correr entre los árboles mientras él se enfrentaba a un yanyauid. Apresado, lo ataron y comenzaron a torturarlo. Entonces su hija salió de entre los árboles y corrió hacia él... Había oído a su padre gritar, claro... La niña lo llamaba llorosa: "¡Abba, abba!" (papá, papá) mientras corría hacia él. El yanyauid se volvió, apuntó hacia ella la bayoneta, ensartó a la niña, levantó el fusil en alto con ella atravesada y dejó que la sangre de la niña lo fuese empapando...
¿Y el padre lo presenciaba todo?
Él mismo me lo contó. Estaba trastornado y repetía: "¿Era un hombre o un demonio?" Aquel yanyauid, bañado en la sangre de la niña, bailaba mientras ella agonizaba sobre su cabeza. La niña movía los labios queriendo decir abba,me contó su padre...
No sé qué más puedo preguntarle.
Ayudé a muchos periodistas occidentales a recorrer la zona masacrada, para que lo contasen al mundo. Me he jugado la vida varias veces, pero eso ya no importa: cuando muera me reuniré con los míos en el cielo.
¿Cómo contactó con los periodistas?
Yo había trabajado en Egipto, y sabía inglés. Me ofrecí a los periodistas como intérprete. Al internarnos en Darfur con un periodista, Paul Salopek, los sudaneses nos apresaron. La esposa de Paul se movió frenéticamente en Washington y logró que liberasen a Paul.
¿Y usted?
Cárcel y palizas: el gobierno me tenía por espía. Me habrían matado de no ser porque Paul logró que las autoridades norteamericanas presionasen. Hoy soy el tercer refugiado de Darfur acogido por Estados Unidos. ¡Ojalá acogieran a tantas viudas, tantos huérfanos como hay! Sus vidas peligran...
¿Y su familia?
Mi padre murió al saber que me habían detenido. Casi toda mi familia está en el cielo.
¿Qué planes tiene usted?
Un proverbio de mi pueblo dice: "No pienses más allá de siete días". Yo, cada día, me muevo sólo para difundir esta tragedia y que acabe la matanza. Hasta que haya paz para mi país, yo no haré planes para mí. Ojalá pueda hacerlos.
¿Puedo ayudar?
Una entrevista como esta es una buena ayuda. Gracias. Aprovecho y pido otra cosa.
¿Qué?
No sigan la corriente a los Juegos Olímpicos de Pekín: el Gobierno chino alienta el genocidio de Darfur, nos expolia, nos asesina con sus armas. Me parece inmoral colaborar en esos Juegos sabiendo todo esto.
lunes, 26 de mayo de 2008
domingo, 18 de mayo de 2008
La importancia de lo ritos de paso
¿Estás dispuesto a ser triturado,
borrado, eliminado, convertido en nada?
¿Estás dispuesto a convertirte en nada?
¿A sumergirte en el olvido?
Si no lo estás, nunca cambiarás realmente
D.H. LAWRENCE, PHOENIX
Desde que mi padre dejó de trabajar hace apenas 6 meses, con 86 años, como ya he comentado en alguna entrada, está obsesionado con este tema, el trabajo. Ha trabajado desde los 14 años y ha sido comercial desde los 20.
Salía por la mañana, bien trajado y repeinado, oliendo a Floïd y visitaba a sus clientes de toda la vida. Le gustaba su trabajo, en el cual daba rienda suelta a toda su simpatía, buen humor y seducción que le servían para vender lo que le daba la gana. Así se ha ganado la vida durante todos esos años, pasándolo bien, disfrutando de lo que hacía y manteniendo, al mismo tiempo, a su familia. Nunca nos ha faltado de nada.
En los últimos años su cartera de clientes había disminuido por diversas razones, entre las cuales está, evidentemente, su edad y la disminución de sus facultades. No se ha jubilado porque simplemente, no tiene jubilación: siempre ha trabajado a comisión, sin contrato y él no se preocupó de hacerse autónomo.
Hace 6 meses, tras una pequeña intervención quirúrgica, la empresa aprovechó para decirle que ya no hacía falta que fuera a trabajar, que podía ir a verlos cuando quisiera, que le aseguraban unos ingresos mínimos y que se quedara en casa. Conduciendo era un peligro y lo medio engañamos diciéndole que ya no le renovaban el carnet. Lo convencimos para que regalara el coche a mi hermana, que se quedó sin tras un grave accidente.
Desde entonces, insiste en buscar trabajo o seguir en el suyo. No entiende que ya está, que se acabó. No asume esa jubilación y todo ello, junto con su demencia, lo hace obsesionarse con el trabajo. De golpe, ha perdido su actividad diaria desde hacía 72 años y su autonomía al conducir su coche.
Personalmente insistí a mi familia en la necesidad de que la empresa le hiciese un homenaje por su labor. Esa empresa creció, se desarrolló y sus propietarios han ganado mucho dinero gracias a las ventas de mi padre. Dije que era necesario ese acto de reconocimiento a él para que pudiera acometer el proceso de duelo de su trayectoria profesional a lo largo de tantos años con una mínima garantía. No se ha hecho, nadie me apoyó en mi iniciativa.
¿Por qué le doy tanta importancia a este acto? Por dos razones: la primera, creo que mi padre se merece ese reconocimiento "público" y él lo necesita.
La segunda tiene que ver con el título de esta entrada: la importancia de los ritos de paso.
Transcribo algunos pasajes del libro El viaje definitivo, de Stanislav Grof:
Los ritos de paso señalan cambios críticos en la vida de los individuos o de las culturas. Su oportunidad, o momento, coincide frecuentemente con importantes transiciones fisiológicas, como el parto, la circuncisión, la pubertad, el matrimonio, la menopausia y la muerte; ocasiones en las que el cuerpo, la psique, el estatus social, y el papel sagrado de lo iniciados cambian significativamente.
.......
Los ritos de paso son acontecimientos culturales y espirituales en la que los iniciados pueden experimentar, afrontar y expresar fuertes emociones y energía físicas asociadas con matrices perinatales y transpersonales que todos poseemos en el fondo de nuestra psique incosnciente. Teniendo en cuenta la naturaleza elemental de las fuerzas psicológicas puestas en juego, la manifestación incontrolada, o acting out, de dichas energías puede ser destructiva para la comunidad. En este contexto es importante considerar las conclusiones de Arnold van Gennep, Víctor Turner, Margaret Mead, Mircea Eliade y otros destacados antropólogos, que nos dicen que los ritos de paso son instituciones de importancia capital para el funcionamiento armonioso y cohesivo de la comunidad (van Gennep, 1960, Turner, 1969, Mead, 1973, Eliade, 1958).
Por consiguiente, la ausencia de ritos de paso significativos puede contribuir a las diversas modalidades de psicopatología social observadas en las sociedades contemporáneas. La mayoría de los impulsos de naturaleza destructiva y antisocial, en lugar de realizarse y expresarse con una aprobación social en un contexto estructurado, sacro y seguro, aparecen de forma pérfida en la vida cotidiana y se manifiestan en un gran número de problemas sociales e individuales. El aumento de la expresión sexual, la delincuencia y el abuso de alcohol y narcóticos entre los adolescentes en los países industrializados podría remediarse mediante ritos de paso significativos para este grupo de edades (Mead, 1973; Mahdi, Foster y Little, 1987; Mahdi, Christopher y Mead, 1996).
Dicho de otro modo: los ritos de paso son imprescindibles como punto de inflexión de un modo de vida a otro, con su consecuente proceso de duelo; una muerte a algo para renacer a otra cosa distinta. El proceso de duelo de la etapa anterior se hará con mucha más dificultad si no hay un rito de paso.
En nuestra sociedad actual se han ido perdiendo esos ritos y sólo quedan algunos que realizamos sin entender para qué los hacemos. Hablamos a menudo de falta de límites en la educación de los hijos y eso es, en parte, consecuencia de la falta de ritos. No hay diferenciación entre las diferentes etapas que se suceden unas a otras de forma lineal.
Una boda o un funeral son ritos de paso, por poner ejemplos claros para todos. En la boda, abandono mi vida de soltera/o con todas sus consecuencia y características para iniciar mi vida en pareja, con todas sus características y consecuencias. Dejar mi vida en solitario o con mi familia nuclear va a suponer abandonar un modo de ser y estar conmigo misma/o y con los demás, con sus consiguientes pérdidas.
El funeral es para mí aún más evidente: marca el final de mi vida en la que había una persona importante en mayor o menor grado para iniciar una etapa sin esa persona, en la que voy a necesitar reorganizar y readaptar mi vida sin ella, con el consiguiente dolor, causado, no sólo por la separación definitiva, por el desgarro de su ausencia, sino también por los cambios que eso supone.
He visto a personas que no han logrado elaborar el proceso de duelo de alguien querido por no asistir a su funeral ni haber visto su cuerpo sin vida. Tras muchos años, aún no aceptan ni asumen su desaparición. No es necesario que el rito de paso sea el funeral: uno mismo puede realizar un pequeño ritual de despedida para marcar ese punto de inflexión si en su momento no pudieron asisitir al entierro.
Y eso es exactamente lo que yo quería para mi padre: un pequeño homenaje a modo de rito de paso que a él le marcara el final de su vida profesional con un reconocimiento por su labor durante tantos años, tanto de la empresa como de nosotros, su familia.
Y va a ser que no.....caggggrrrr!!!
borrado, eliminado, convertido en nada?
¿Estás dispuesto a convertirte en nada?
¿A sumergirte en el olvido?
Si no lo estás, nunca cambiarás realmente
D.H. LAWRENCE, PHOENIX
Desde que mi padre dejó de trabajar hace apenas 6 meses, con 86 años, como ya he comentado en alguna entrada, está obsesionado con este tema, el trabajo. Ha trabajado desde los 14 años y ha sido comercial desde los 20.
Salía por la mañana, bien trajado y repeinado, oliendo a Floïd y visitaba a sus clientes de toda la vida. Le gustaba su trabajo, en el cual daba rienda suelta a toda su simpatía, buen humor y seducción que le servían para vender lo que le daba la gana. Así se ha ganado la vida durante todos esos años, pasándolo bien, disfrutando de lo que hacía y manteniendo, al mismo tiempo, a su familia. Nunca nos ha faltado de nada.
En los últimos años su cartera de clientes había disminuido por diversas razones, entre las cuales está, evidentemente, su edad y la disminución de sus facultades. No se ha jubilado porque simplemente, no tiene jubilación: siempre ha trabajado a comisión, sin contrato y él no se preocupó de hacerse autónomo.
Hace 6 meses, tras una pequeña intervención quirúrgica, la empresa aprovechó para decirle que ya no hacía falta que fuera a trabajar, que podía ir a verlos cuando quisiera, que le aseguraban unos ingresos mínimos y que se quedara en casa. Conduciendo era un peligro y lo medio engañamos diciéndole que ya no le renovaban el carnet. Lo convencimos para que regalara el coche a mi hermana, que se quedó sin tras un grave accidente.
Desde entonces, insiste en buscar trabajo o seguir en el suyo. No entiende que ya está, que se acabó. No asume esa jubilación y todo ello, junto con su demencia, lo hace obsesionarse con el trabajo. De golpe, ha perdido su actividad diaria desde hacía 72 años y su autonomía al conducir su coche.
Personalmente insistí a mi familia en la necesidad de que la empresa le hiciese un homenaje por su labor. Esa empresa creció, se desarrolló y sus propietarios han ganado mucho dinero gracias a las ventas de mi padre. Dije que era necesario ese acto de reconocimiento a él para que pudiera acometer el proceso de duelo de su trayectoria profesional a lo largo de tantos años con una mínima garantía. No se ha hecho, nadie me apoyó en mi iniciativa.
¿Por qué le doy tanta importancia a este acto? Por dos razones: la primera, creo que mi padre se merece ese reconocimiento "público" y él lo necesita.
La segunda tiene que ver con el título de esta entrada: la importancia de los ritos de paso.
Transcribo algunos pasajes del libro El viaje definitivo, de Stanislav Grof:
Los ritos de paso señalan cambios críticos en la vida de los individuos o de las culturas. Su oportunidad, o momento, coincide frecuentemente con importantes transiciones fisiológicas, como el parto, la circuncisión, la pubertad, el matrimonio, la menopausia y la muerte; ocasiones en las que el cuerpo, la psique, el estatus social, y el papel sagrado de lo iniciados cambian significativamente.
.......
Los ritos de paso son acontecimientos culturales y espirituales en la que los iniciados pueden experimentar, afrontar y expresar fuertes emociones y energía físicas asociadas con matrices perinatales y transpersonales que todos poseemos en el fondo de nuestra psique incosnciente. Teniendo en cuenta la naturaleza elemental de las fuerzas psicológicas puestas en juego, la manifestación incontrolada, o acting out, de dichas energías puede ser destructiva para la comunidad. En este contexto es importante considerar las conclusiones de Arnold van Gennep, Víctor Turner, Margaret Mead, Mircea Eliade y otros destacados antropólogos, que nos dicen que los ritos de paso son instituciones de importancia capital para el funcionamiento armonioso y cohesivo de la comunidad (van Gennep, 1960, Turner, 1969, Mead, 1973, Eliade, 1958).
Por consiguiente, la ausencia de ritos de paso significativos puede contribuir a las diversas modalidades de psicopatología social observadas en las sociedades contemporáneas. La mayoría de los impulsos de naturaleza destructiva y antisocial, en lugar de realizarse y expresarse con una aprobación social en un contexto estructurado, sacro y seguro, aparecen de forma pérfida en la vida cotidiana y se manifiestan en un gran número de problemas sociales e individuales. El aumento de la expresión sexual, la delincuencia y el abuso de alcohol y narcóticos entre los adolescentes en los países industrializados podría remediarse mediante ritos de paso significativos para este grupo de edades (Mead, 1973; Mahdi, Foster y Little, 1987; Mahdi, Christopher y Mead, 1996).
Dicho de otro modo: los ritos de paso son imprescindibles como punto de inflexión de un modo de vida a otro, con su consecuente proceso de duelo; una muerte a algo para renacer a otra cosa distinta. El proceso de duelo de la etapa anterior se hará con mucha más dificultad si no hay un rito de paso.
En nuestra sociedad actual se han ido perdiendo esos ritos y sólo quedan algunos que realizamos sin entender para qué los hacemos. Hablamos a menudo de falta de límites en la educación de los hijos y eso es, en parte, consecuencia de la falta de ritos. No hay diferenciación entre las diferentes etapas que se suceden unas a otras de forma lineal.
Una boda o un funeral son ritos de paso, por poner ejemplos claros para todos. En la boda, abandono mi vida de soltera/o con todas sus consecuencia y características para iniciar mi vida en pareja, con todas sus características y consecuencias. Dejar mi vida en solitario o con mi familia nuclear va a suponer abandonar un modo de ser y estar conmigo misma/o y con los demás, con sus consiguientes pérdidas.
El funeral es para mí aún más evidente: marca el final de mi vida en la que había una persona importante en mayor o menor grado para iniciar una etapa sin esa persona, en la que voy a necesitar reorganizar y readaptar mi vida sin ella, con el consiguiente dolor, causado, no sólo por la separación definitiva, por el desgarro de su ausencia, sino también por los cambios que eso supone.
He visto a personas que no han logrado elaborar el proceso de duelo de alguien querido por no asistir a su funeral ni haber visto su cuerpo sin vida. Tras muchos años, aún no aceptan ni asumen su desaparición. No es necesario que el rito de paso sea el funeral: uno mismo puede realizar un pequeño ritual de despedida para marcar ese punto de inflexión si en su momento no pudieron asisitir al entierro.
Y eso es exactamente lo que yo quería para mi padre: un pequeño homenaje a modo de rito de paso que a él le marcara el final de su vida profesional con un reconocimiento por su labor durante tantos años, tanto de la empresa como de nosotros, su familia.
Y va a ser que no.....caggggrrrr!!!
sábado, 10 de mayo de 2008
Un corto y accidentado paseo
La otra noche, después de cenar, decidí salir a dar un paseo. Habitualmente no lo hago, el cansancio del día me clava en el sofá de casa a ver la tele para relajar la mente hasta que me caigo de sueño y me voy a dormir.
Ese día estaba cabreada, de mala ostia. La situaciones que fui viviendo me fueron cargando. Hablando con un amigo, me comentó que a él le iba bien irse a correr cuando estaba así. Le hice caso y salí. Quizás no correr, sino dar una vuelta y que me diese el aire en el silencio y calma nocturnos.
Tiraré la basura en el contenedor antes del paseo, les digo a mis hijos. Mi hija decide acompañarme, había hecho limpieza de la habitación durante el día y tenía varias bolsas. Salimos las dos y al llegar nos encontramos con un perro raza collie atado con su correa al pedal del contenedor. Como lleva placa con un número de teléfono, llamamos. No nos contesta nadie. Lo intentamos varias veces y nada. Dejamos un mensaje en el contestador. Mi hija, que estudia veterinaria, lo acaricia, lo palpa, lo observa.
Es muy viejito, tiene artrosis en las articulaciones, saca agua por la boca, lo cual es mala señal, puede tener un problema metabólico y morirse en cualquier momento; los dientes fatal.
Todo eso allí, las dos delante del contenedor mientras esperábamos a ver si nos estábamos equivocando y aparecía el dueño en cualquier momento, habiendo atado al perro momentáneamente. Pero no aparecía nadie y no era lógico que alguien atase a un perro así, a las 11 de la noche. Además, si venía el camión de las basuras y no veía al perro, lo podía haber matado!!
Decidimos subirlo a casa, algo teníamos claro: Floc (así se llama el perro) no iba a pasar la noche atado ahí en mitad de la calle a riesgo de su vida. El pobre estaba asustado y casi no se movía. Parecía muy bueno.
Encerramos a los gatos y le pusimos una manta en el suelo a Floc, le dimos de comer y de beber. Mi hija llamó a una colega suya veterinaria que nos advirtió que si el perro estaba muy enfermo de lo que ella sospechaba por los síntomas, le podían quedar pocas horas de vida y morirse durante la noche. Nos arriesgaremos, el perro se queda y mañana ya veremos.
Por la mañana Floc parecía más animado. Con mi hija reflexionamos y decidimos llamar a la protectora. Al pedir el número en información municipal, nos dijeron que si se trataba de un perro abandonado o perdido, debíamos llamar a la Guardia Urbana, que se haría cargo de todo, incluso de intentar localizar a los propietarios. Así lo hicimos y en media hora lo vinieron a buscar.
La historia tiene un final feliz: la tarde anterior, los propietarios habían denunciado su pérdida, por lo que Floc no iría a la protectora, sino que volvería a su casa.
Quedan puntos oscuros que nunca resolveremos:
- ¿Cómo se puede escapar un perro viejo y con artrosis, más bueno que el pan?
- ¿Por qué no contestaban a nuestras reiteradas llamadas telefónicas?
- ¿Qué hacía atado al pedal de un contenedor?
Salí a dar un paseo para despejarme, que sólo llegó hasta las basuras, a 50 metros de casa, para encontrarme con un perro abandonado/perdido.
¡Me lo pensaré dos veces para volver a salir la próxima vez!!!!
Os dejo con unas fotos de Floc:
jueves, 1 de mayo de 2008
Te vas....

No sé si te vas, o si nunca has estado, o si has estado a tu manera y yo no me he enterado demasiado, o si no has estado tal como yo hubiera deseado. Pero ahora te vas desde la memoria y probablemente en breve ya no sabrás ni quién soy.
Te esfuerzas por no perder del todo el contacto con este mundo, por conservar puntos de referencia que te anclen en la realidad, por recordar nuestros nombres. Tengo miedo, cada día es un paso más hacia la desconexión, en un camino sin retorno.
Veranos de mar, de barca, de pesca, de arena y agua; viajes en coche, apiñados 7 en un espacio reducido, yo siempre en la ventana, me mareaba y más cuando fumabas escuchando el carrusel deportivo de los domingos regresando a casa tras el fin de semana.
Las partidas de canasta de los viernes con vuestros amigos, prohibidos los niños, solo yo tenía permiso para estar un rato con vosotros y comerme una pasta de té, de aquellas con capa roja glaseada, sentada en tus rodillas o acurrucada entre los brazos de mamá.
Tardes de invierno haciendo deberes en la mesa del comedor mientras tú leías tu eterno diario deportivo o mirabas la tele, tus largas piernas estiradas sobre un puf, en zapatillas.
Domingos con postres de nata, tus preferidos, debatiendo los partidos de voleibol que todos y cada uno de nosotros, tus 5 hijos, habíamos jugado en el fin de semana. Nunca nos poníamos de acuerdo y se montaban buenos saraos.
Tu vida ha sido tu trabajo y tu familia, aunque a veces me ha costado darme cuenta de ello.
Ahora que te vas, sólo hablas de estos dos temas: tu trabajo, tus hijos, tus nietos.
Vuelves a la infancia, confundes a mi madre con la tuya, preguntas por los que ya no están.
Siempre has dicho y sigues diciendo que la vida tendría que ser al revés: nacer viejos e ir rejuveneciendo; de alguna manera, lo estás haciendo.
Siempre has sido como un niño, disfrutando de todo lo que hacías, huyendo del dolor por la broma y la ironía.
Fuiste un niño de la calle, supongo que te sentiste muy solo y abandonado. Tu padre murió cuando sólo tenías 7 años, tu hermano mayor poco después. Aprendiste a no encariñarte demasiado con los amigos, tus seres queridos susceptibles de protegerte se fueron pronto. Fueron las mujeres las que te atendieron, primero tu madre y tu tía. Siempre te han gustado mucho y has ejercido sobre ellas tu poder de seducción. Enamoraste a mi madre, que sospecho que cayó rendida ante tus encantos, aunque, evidentemente, vuestra relación no ha sido un camino de rosas.
Buscabas mamás, a falta de papás. Ellas sí estaban, ellas sí te atendían. Falto de amor, falto de cariño, falto de ternura.
He comprendido tarde que sentías debilidad por mí, que yo era la niña de tus ojos, probablemente la más parecida a tí. No capté tu forma de demostrármelo.
¿Sabes Papá? Ahora me es igual si llegas a olvidar mi nombre, si no me recuerdas en breve, si no sabes quién soy.
Te quiero y te seguiré queriendo aún en el olvido de tu mente, porque sé que en tu corazón y en el mío seguimos unidos, siempre serás MI PAPÁ.
Te esfuerzas por no perder del todo el contacto con este mundo, por conservar puntos de referencia que te anclen en la realidad, por recordar nuestros nombres. Tengo miedo, cada día es un paso más hacia la desconexión, en un camino sin retorno.
Veranos de mar, de barca, de pesca, de arena y agua; viajes en coche, apiñados 7 en un espacio reducido, yo siempre en la ventana, me mareaba y más cuando fumabas escuchando el carrusel deportivo de los domingos regresando a casa tras el fin de semana.
Las partidas de canasta de los viernes con vuestros amigos, prohibidos los niños, solo yo tenía permiso para estar un rato con vosotros y comerme una pasta de té, de aquellas con capa roja glaseada, sentada en tus rodillas o acurrucada entre los brazos de mamá.
Tardes de invierno haciendo deberes en la mesa del comedor mientras tú leías tu eterno diario deportivo o mirabas la tele, tus largas piernas estiradas sobre un puf, en zapatillas.
Domingos con postres de nata, tus preferidos, debatiendo los partidos de voleibol que todos y cada uno de nosotros, tus 5 hijos, habíamos jugado en el fin de semana. Nunca nos poníamos de acuerdo y se montaban buenos saraos.
Tu vida ha sido tu trabajo y tu familia, aunque a veces me ha costado darme cuenta de ello.
Ahora que te vas, sólo hablas de estos dos temas: tu trabajo, tus hijos, tus nietos.
Vuelves a la infancia, confundes a mi madre con la tuya, preguntas por los que ya no están.
Siempre has dicho y sigues diciendo que la vida tendría que ser al revés: nacer viejos e ir rejuveneciendo; de alguna manera, lo estás haciendo.
Siempre has sido como un niño, disfrutando de todo lo que hacías, huyendo del dolor por la broma y la ironía.
Fuiste un niño de la calle, supongo que te sentiste muy solo y abandonado. Tu padre murió cuando sólo tenías 7 años, tu hermano mayor poco después. Aprendiste a no encariñarte demasiado con los amigos, tus seres queridos susceptibles de protegerte se fueron pronto. Fueron las mujeres las que te atendieron, primero tu madre y tu tía. Siempre te han gustado mucho y has ejercido sobre ellas tu poder de seducción. Enamoraste a mi madre, que sospecho que cayó rendida ante tus encantos, aunque, evidentemente, vuestra relación no ha sido un camino de rosas.
Buscabas mamás, a falta de papás. Ellas sí estaban, ellas sí te atendían. Falto de amor, falto de cariño, falto de ternura.
He comprendido tarde que sentías debilidad por mí, que yo era la niña de tus ojos, probablemente la más parecida a tí. No capté tu forma de demostrármelo.
¿Sabes Papá? Ahora me es igual si llegas a olvidar mi nombre, si no me recuerdas en breve, si no sabes quién soy.
Te quiero y te seguiré queriendo aún en el olvido de tu mente, porque sé que en tu corazón y en el mío seguimos unidos, siempre serás MI PAPÁ.
domingo, 20 de abril de 2008
Lo que yo quiero
Sigo con el tema que es la estrella de los últimos días para mí: la responsabilidad, etimológicamente algo así como "responder libremente, dar respuesta desde la libertad". En nuestra sociedad entendemos por responsabilidad las obligaciones, los tengo que, porque es lo que me han enseñado, porque es lo que espera de mí la sociedad, la empresa, mis padres y mis hijos. Porque es lo que está bien, a diferencia de lo que está mal. Me gustaría saber quién decidió un día lo que estaba bien y lo que estaba mal, está visto que ni aún así nos ponemos de acuerdo entre nosotros y lo que está bien para mí está mal para tí y viceversa. De todas formas, creemos tener claros ciertos conceptos del bien y del mal en los que coincidimos por cultura, por costumbres, por leches en vinagreta.
Parece que nuestro concepto de responsabilidad nada tiene que ver con su etimología, pues hacer las cosas por obligación o porque así lo dicen las normas sociales, la cultura o la madre que los parió, es todo menos libertad. Por lo tanto, deduzco que la mayoría de nosotros no tenemos ni la más puñetera idea de lo que es auténtica responsabilidad, al menos yo hasta ahora, ni puta idea.
Intentaré transmitir en este medio que se basa en símbolos conectados a nuestra mente lo que yo siento que es, lo que he experimentado en estos últimos días en relación a ella y que no tiene nada que ver con el coco, ni con obligaciones, ni con conceptos sociales.
La responsabilidad es para mí una sensación física de fuerza en el estómago, una solidez, una determinación. La seguridad y certeza interna, alejada de parámetros convencionales, de que eso es lo que QUIERO, no lo que DEBO. Y ese querer no es fruto del capricho, ni del deseo, ni de lo que esperan los demás de mí, ni tan siquiera de lo que espero yo de mí misma, sino de la atención, de la consciencia que proporciona el aquí y el ahora, dándome cuenta de lo que pienso, de lo que siento y de lo que hago.
La responsabilidad auténtica implica tomar decisiones, elegir, escoger y desechar; implica el riesgo de equivocarme y de aceptar el error, sabiendo que, si he puesto toda mi atención y mi consciencia en esa decisión, lo he hecho lo mejor que he podido y sabido con los elementos que en ese momento tenía a mi alcance. Si ejerzo la responsabilidad de esta manera, elimino el sentimiento de culpa, aceptando que en las circunstancias existentes, elegí la mejor solución posible, la mejor respuesta, la mejor elección que podía y sabía. El sentimiento de culpa es, en realidad, una forma de prepotencia ya que doy por supuesto que lo podía haber hecho mejor de lo que lo hice con los elementos que había. Y no. Aceptar mis limitaciones de ser humano es parte de mi responsabilidad. Si me equivoco, sostengo dignamente el error y asumo las consecuencias de mi decisión.
También tiene que ver para mí con la intuición, con una sensación de certeza interna que no tiene explicación mental. Ayer, por ejemplo, estaba yo ordenando y limpiando mi casa, dispuesta a tirar todo aquello que no me sirve o que ya no quiero. Monumental tarea para mí que soy una acumuladora nata. Tengo montones de objetos de decoración, por poneros un ejemplo. Que si éste me lo regaló mi madre, que si éste otro lo traje del viaje a Egipto, que si el de más allá es un recuerdo de un sitio especial, que si aquél es una figura de barro hecha por mi hijo cuando tenía 3 años.... en fin, todos tienen historia y un motivo para permanecer en mis estanterías. Cuando tengo que sacar el polvo y poner orden, me agobio muchísimo y lo hago rápido y de cualquier manera para acabar lo antes posible, cuando no me voy al otro extremo y lo tiro todo para no angustiarme con la selección.
Ayer fue diferente: tomé objeto por objeto en mis manos, lo miré atentamente y me dejé sentir si realmente quiero, en estos momentos de mi vida, tenerlo entre mis cosas. Me di cuenta de que muchos ni me gustan, otros que sí me gustan pero ahora no me apetece tener a la vista y los que realmente quiero tener son los menos. Una vez hecha la selección vino el segundo paso: ¿dónde lo quiero tener? Fui colocando, cambiando, recolocando. Lo miraba y me dejaba sentir si era ahí y así como lo quería hasta que SENTÍA que aquél era su sitio. El resultado ha sido fantástico y cada rincón tiene una armonía que nunca antes había logrado. Disfruté como una vaca haciéndolo, descubriendo la libertad de elegir, a diferencia de la esclavitud de tenerlo todo y no disfrutar de nada.
Traspolando lo de los objetos a cualquier situación de mi vida, me di cuenta de que aguanto situaciones o relaciones por no decidirme a elegir, por no hacerme responsable de lo que realmente quiero en mi vida y de cómo lo quiero, huyendo de las sensaciones desagradables por no expresar mi disconformidad y así evitar el trance de la pérdida, de la separación, de la confrontación.
Es más fácil echar las culpas a la mala distribución del piso y a su arquitecto que asumir la responsabilidad de mi espacio vital; es más fácil generalizar y echarle la culpa al sistema que conectar con lo que yo quiero y puedo hacer por mí y por los demás, dentro de mis posibilidades; es más fácil acusar a un amigo de no llamarme cuando lo necesito que llamarlo yo y pedirle ayuda, arriesgándome a que no pueda o no quiera hacerlo, a recibir un NO por respuesta.
En relación a las personas, ahora entiendo algo que me ha pasado en algunas ocasiones. Al ver por primera vez a algunos de mis amigos y mirarlos a los ojos, suelo tener una sensación curiosa: un reconocimiento, una sensación física de cercanía, de conexión. No me ha fallado nunca. Antes o después, esa persona ha sido y es importante en mi vida. Esa sensación es la señal: apuesto por ella, me arriesgo y confío. Asumo la responsabilidad de esa elección porque es lo que yo quiero y sé que lo quiero porque intuitivamente lo he percibido.
Nada que ver con la obligación, nada que ver con lo socialmente aceptable, nada que ver con lo que dirán los demás de mí, nada que ver con mi propio auto-concepto.
Simplemente es lo que quiero.
Parece que nuestro concepto de responsabilidad nada tiene que ver con su etimología, pues hacer las cosas por obligación o porque así lo dicen las normas sociales, la cultura o la madre que los parió, es todo menos libertad. Por lo tanto, deduzco que la mayoría de nosotros no tenemos ni la más puñetera idea de lo que es auténtica responsabilidad, al menos yo hasta ahora, ni puta idea.
Intentaré transmitir en este medio que se basa en símbolos conectados a nuestra mente lo que yo siento que es, lo que he experimentado en estos últimos días en relación a ella y que no tiene nada que ver con el coco, ni con obligaciones, ni con conceptos sociales.
La responsabilidad es para mí una sensación física de fuerza en el estómago, una solidez, una determinación. La seguridad y certeza interna, alejada de parámetros convencionales, de que eso es lo que QUIERO, no lo que DEBO. Y ese querer no es fruto del capricho, ni del deseo, ni de lo que esperan los demás de mí, ni tan siquiera de lo que espero yo de mí misma, sino de la atención, de la consciencia que proporciona el aquí y el ahora, dándome cuenta de lo que pienso, de lo que siento y de lo que hago.
La responsabilidad auténtica implica tomar decisiones, elegir, escoger y desechar; implica el riesgo de equivocarme y de aceptar el error, sabiendo que, si he puesto toda mi atención y mi consciencia en esa decisión, lo he hecho lo mejor que he podido y sabido con los elementos que en ese momento tenía a mi alcance. Si ejerzo la responsabilidad de esta manera, elimino el sentimiento de culpa, aceptando que en las circunstancias existentes, elegí la mejor solución posible, la mejor respuesta, la mejor elección que podía y sabía. El sentimiento de culpa es, en realidad, una forma de prepotencia ya que doy por supuesto que lo podía haber hecho mejor de lo que lo hice con los elementos que había. Y no. Aceptar mis limitaciones de ser humano es parte de mi responsabilidad. Si me equivoco, sostengo dignamente el error y asumo las consecuencias de mi decisión.
También tiene que ver para mí con la intuición, con una sensación de certeza interna que no tiene explicación mental. Ayer, por ejemplo, estaba yo ordenando y limpiando mi casa, dispuesta a tirar todo aquello que no me sirve o que ya no quiero. Monumental tarea para mí que soy una acumuladora nata. Tengo montones de objetos de decoración, por poneros un ejemplo. Que si éste me lo regaló mi madre, que si éste otro lo traje del viaje a Egipto, que si el de más allá es un recuerdo de un sitio especial, que si aquél es una figura de barro hecha por mi hijo cuando tenía 3 años.... en fin, todos tienen historia y un motivo para permanecer en mis estanterías. Cuando tengo que sacar el polvo y poner orden, me agobio muchísimo y lo hago rápido y de cualquier manera para acabar lo antes posible, cuando no me voy al otro extremo y lo tiro todo para no angustiarme con la selección.
Ayer fue diferente: tomé objeto por objeto en mis manos, lo miré atentamente y me dejé sentir si realmente quiero, en estos momentos de mi vida, tenerlo entre mis cosas. Me di cuenta de que muchos ni me gustan, otros que sí me gustan pero ahora no me apetece tener a la vista y los que realmente quiero tener son los menos. Una vez hecha la selección vino el segundo paso: ¿dónde lo quiero tener? Fui colocando, cambiando, recolocando. Lo miraba y me dejaba sentir si era ahí y así como lo quería hasta que SENTÍA que aquél era su sitio. El resultado ha sido fantástico y cada rincón tiene una armonía que nunca antes había logrado. Disfruté como una vaca haciéndolo, descubriendo la libertad de elegir, a diferencia de la esclavitud de tenerlo todo y no disfrutar de nada.
Traspolando lo de los objetos a cualquier situación de mi vida, me di cuenta de que aguanto situaciones o relaciones por no decidirme a elegir, por no hacerme responsable de lo que realmente quiero en mi vida y de cómo lo quiero, huyendo de las sensaciones desagradables por no expresar mi disconformidad y así evitar el trance de la pérdida, de la separación, de la confrontación.
Es más fácil echar las culpas a la mala distribución del piso y a su arquitecto que asumir la responsabilidad de mi espacio vital; es más fácil generalizar y echarle la culpa al sistema que conectar con lo que yo quiero y puedo hacer por mí y por los demás, dentro de mis posibilidades; es más fácil acusar a un amigo de no llamarme cuando lo necesito que llamarlo yo y pedirle ayuda, arriesgándome a que no pueda o no quiera hacerlo, a recibir un NO por respuesta.
En relación a las personas, ahora entiendo algo que me ha pasado en algunas ocasiones. Al ver por primera vez a algunos de mis amigos y mirarlos a los ojos, suelo tener una sensación curiosa: un reconocimiento, una sensación física de cercanía, de conexión. No me ha fallado nunca. Antes o después, esa persona ha sido y es importante en mi vida. Esa sensación es la señal: apuesto por ella, me arriesgo y confío. Asumo la responsabilidad de esa elección porque es lo que yo quiero y sé que lo quiero porque intuitivamente lo he percibido.
Nada que ver con la obligación, nada que ver con lo socialmente aceptable, nada que ver con lo que dirán los demás de mí, nada que ver con mi propio auto-concepto.
Simplemente es lo que quiero.
domingo, 13 de abril de 2008
Sin título específico
Intentaba escribir una entrada siguiendo el hilo de varios acontecimientos y descubrimientos en mi proceso personal y he borrado varias veces. Siento cosas que intento ordenar mentalmente para escribirlas y no hay manera!! en cuanto me voy al coco parecen borrarse, desaparecer y soy incapaz de transmitirlas por escrito.
¿Cómo plasmar una sensación que empieza corporalmente, en el centro, a nivel del estómago, y que se extiende desde ahí hacia todos lados más allá de los límites de mi piel? ¿Cómo explico que esa sensación es el equivalente a una palabra que usamos mucho y que, al menos yo, hasta ahora, no tenía idea auténtica de lo que significaba? Una cosa es la definición del diccionario, una cosa es el sentido mental que damos a una palabra, incluso social y otra muy diferente es la sensación del sentido auténtico que surge desde las entrañas, la certeza que da la comprensión global y holística de unas letras juntadas que, por sí mismas, no significan nada. Son sólo símbolos a los que les damos una interpretación. Eso, ahora me sale. Interpretación versus vivencia. Idea versus experiencia.
Estoy perra para escribir desde el coco.
Menos es más.
Sentirme parte de mi familia, mirar a mis hermanos, a mi padre, a mi madre, como si los viera por primera vez, descubrirlos, disfrutarlos, sentirme querida y quererlos, aceptarlos tal como son. Aceptarme tal como soy. Sentirme digna con mis errores. Sentirlos dignos con sus errores.
Ver a mis hijos con sus primos, jugando, riendo, haciendo el idiota.
Escuchar a mi madre y a su hermano, mi tío, contar historias de sus padres, mis abuelos, y de los bisabuelos. Ver fotos de ellos. Se me hace extraño y al mismo tiempo me llena de energía ver a esos personajes antiguos y saber que llevo su misma sangre, que sin ellos yo no estaría aquí y ni tan siquiera me han conocido ni yo a ellos.
Me aparece una imagen curiosa, paralela a un árbol genealógico. Me veo a mí y detrás mío, como una prolongación de mí misma, cientos de personajes, miles, que se van desdoblando hasta el infinito. Me asombra ese concepto de formar parte, de existir gracias a todos esos seres que han vivido antes que yo, que no conoceré nunca y que forman parte de mí, soy su resultado. Eso me da fuerza.
Responsabilidad. Esa es la palabra. Mi propia definición: el poder de responder, de forma digna ante diferentes situaciones; la capacidad de aceptar las consecuencias de mis actos, de mis decisiones con integridad; la humildad de asumir mis errores y el valor de aceptar la frustración.
Me voy a dormir.
¿Cómo plasmar una sensación que empieza corporalmente, en el centro, a nivel del estómago, y que se extiende desde ahí hacia todos lados más allá de los límites de mi piel? ¿Cómo explico que esa sensación es el equivalente a una palabra que usamos mucho y que, al menos yo, hasta ahora, no tenía idea auténtica de lo que significaba? Una cosa es la definición del diccionario, una cosa es el sentido mental que damos a una palabra, incluso social y otra muy diferente es la sensación del sentido auténtico que surge desde las entrañas, la certeza que da la comprensión global y holística de unas letras juntadas que, por sí mismas, no significan nada. Son sólo símbolos a los que les damos una interpretación. Eso, ahora me sale. Interpretación versus vivencia. Idea versus experiencia.
Estoy perra para escribir desde el coco.
Menos es más.
Sentirme parte de mi familia, mirar a mis hermanos, a mi padre, a mi madre, como si los viera por primera vez, descubrirlos, disfrutarlos, sentirme querida y quererlos, aceptarlos tal como son. Aceptarme tal como soy. Sentirme digna con mis errores. Sentirlos dignos con sus errores.
Ver a mis hijos con sus primos, jugando, riendo, haciendo el idiota.
Escuchar a mi madre y a su hermano, mi tío, contar historias de sus padres, mis abuelos, y de los bisabuelos. Ver fotos de ellos. Se me hace extraño y al mismo tiempo me llena de energía ver a esos personajes antiguos y saber que llevo su misma sangre, que sin ellos yo no estaría aquí y ni tan siquiera me han conocido ni yo a ellos.
Me aparece una imagen curiosa, paralela a un árbol genealógico. Me veo a mí y detrás mío, como una prolongación de mí misma, cientos de personajes, miles, que se van desdoblando hasta el infinito. Me asombra ese concepto de formar parte, de existir gracias a todos esos seres que han vivido antes que yo, que no conoceré nunca y que forman parte de mí, soy su resultado. Eso me da fuerza.
Responsabilidad. Esa es la palabra. Mi propia definición: el poder de responder, de forma digna ante diferentes situaciones; la capacidad de aceptar las consecuencias de mis actos, de mis decisiones con integridad; la humildad de asumir mis errores y el valor de aceptar la frustración.
Me voy a dormir.
sábado, 5 de abril de 2008
Hacer sin hacer
Hablaba ayer con mi astróloga (hay quién tiene psicólogo o psiconanalista y yo tengo astróloga, aunque sólo la consulto una vez al año para mi revolución solar, o sea, los aspectos planetarios de mi cielo para el año en curso) y coincidíamos en una cosa: siempre que hemos ido a buscar algo, siempre que nos movemos hacia algún trabajo, actividad o persona, nunca sale bien o eso no llega a nuestra vida.
Las cosas que nos llegan lo hacen cuando no las buscamos, cuando nos estamos quietecitas. Ponemos la intención, la voluntad, la energía pero no vamos a por ello.
Eso, evidentemente, es todo lo contrario de lo que nos han inculcado, de lo que la sociedad, la cultura y la educación nos ha machacado y remachacado: "a casa no te vendrán a buscar", "si no te mueves no lograrás nada". Y es que hay diferentes formas de moverse.
Me impactó profundamente el año pasado en un taller de chamanismo que hice en verano algo que nos dijeron: no se trata de buscar, sino de encontrar. Una frase que creo que todos nosotros hemos oído alguna vez. Hasta ese momento no le había dado mucha importancia, pero en el marco de las actividades que estábamos desarrollando, la frase tomó un sentido profundo.
Ese sentido es el de lo que estoy diciendo: no siempre encontrar algo supone acción. La búsqueda es acción: tengo que hacer algo y en ese "tengo que hacer algo" impido que llegue a mi vida lo que tenga que llegar de forma natural y fluida. Ocupo un espacio que no deja lugar a la espontaneidad, a la sorpresa, a la energía libre de control, porque es un problema de control, de querer controlarlo todo y ahí me pierdo y, por polaridad, no controlo nada.
No todos somos iguales. Hay una "cosa" que se llama "Sistema de diseño humano" que clasifica a las personas en tres grandes grupos, la verdad no recuerdo exactamente cuáles. Sí recuerdo dos de ellos: los de la acción y los de la no acción. Parece ser que soy del grupo de la no acción, es decir, esperar para actuar, esperar para responder. Todo lo que intente conseguir actuando yo de entrada, no llegará a buen puerto.
Me ha costado mucho integrar esa actitud. Mi tendencia es estar siempre en acción, ir a por lo que quiero. Eso de esperar a que me lleguen las cosas.... mmmm, me cabrea un montón.
Poco a poco me he ido dando cuenta de todo esto y ahora empiezo a integrarlo y a practicarlo. Los resultados son sorprendentes: aparecen personas que habían desaparecido de mi vida desde hacía tiempo con ganas de reemprender la relación desde un lugar mucho más sano y tierno, incluso aparecen algunas que me ayudan a darme cuenta de que si yo no voy hacia ellas y pongo la energía, desaparecerán pues no están dispuestas a ponerla ellas. Eso es muy significativo: Ver que su interés por mí radicaba únicamente en lo que yo les proporcionaba; en cuando dejo de hacerlo, ya no están, se van. Está claro, diáfano ahora que no quiero a gente así en mi entorno.
Me contactan para trabajos, cursos, terapias. Empiezo a tener la agenda a tope y hago malabarismos para poder llegar a todo. Nada de lo que actualmente estoy haciendo y de los proyectos o propuestas que me hacen han sido movidas por mí. Siempre hay alguien que me indica, que me llama, que me propone. Mi actitud es de receptividad: estoy abierta a que lleguen esas cosas a mi vida, estoy convencida de encontrar y no busco.
Varias ventajas:
Las cosas que nos llegan lo hacen cuando no las buscamos, cuando nos estamos quietecitas. Ponemos la intención, la voluntad, la energía pero no vamos a por ello.
Eso, evidentemente, es todo lo contrario de lo que nos han inculcado, de lo que la sociedad, la cultura y la educación nos ha machacado y remachacado: "a casa no te vendrán a buscar", "si no te mueves no lograrás nada". Y es que hay diferentes formas de moverse.
Me impactó profundamente el año pasado en un taller de chamanismo que hice en verano algo que nos dijeron: no se trata de buscar, sino de encontrar. Una frase que creo que todos nosotros hemos oído alguna vez. Hasta ese momento no le había dado mucha importancia, pero en el marco de las actividades que estábamos desarrollando, la frase tomó un sentido profundo.
Ese sentido es el de lo que estoy diciendo: no siempre encontrar algo supone acción. La búsqueda es acción: tengo que hacer algo y en ese "tengo que hacer algo" impido que llegue a mi vida lo que tenga que llegar de forma natural y fluida. Ocupo un espacio que no deja lugar a la espontaneidad, a la sorpresa, a la energía libre de control, porque es un problema de control, de querer controlarlo todo y ahí me pierdo y, por polaridad, no controlo nada.
No todos somos iguales. Hay una "cosa" que se llama "Sistema de diseño humano" que clasifica a las personas en tres grandes grupos, la verdad no recuerdo exactamente cuáles. Sí recuerdo dos de ellos: los de la acción y los de la no acción. Parece ser que soy del grupo de la no acción, es decir, esperar para actuar, esperar para responder. Todo lo que intente conseguir actuando yo de entrada, no llegará a buen puerto.
Me ha costado mucho integrar esa actitud. Mi tendencia es estar siempre en acción, ir a por lo que quiero. Eso de esperar a que me lleguen las cosas.... mmmm, me cabrea un montón.
Poco a poco me he ido dando cuenta de todo esto y ahora empiezo a integrarlo y a practicarlo. Los resultados son sorprendentes: aparecen personas que habían desaparecido de mi vida desde hacía tiempo con ganas de reemprender la relación desde un lugar mucho más sano y tierno, incluso aparecen algunas que me ayudan a darme cuenta de que si yo no voy hacia ellas y pongo la energía, desaparecerán pues no están dispuestas a ponerla ellas. Eso es muy significativo: Ver que su interés por mí radicaba únicamente en lo que yo les proporcionaba; en cuando dejo de hacerlo, ya no están, se van. Está claro, diáfano ahora que no quiero a gente así en mi entorno.
Me contactan para trabajos, cursos, terapias. Empiezo a tener la agenda a tope y hago malabarismos para poder llegar a todo. Nada de lo que actualmente estoy haciendo y de los proyectos o propuestas que me hacen han sido movidas por mí. Siempre hay alguien que me indica, que me llama, que me propone. Mi actitud es de receptividad: estoy abierta a que lleguen esas cosas a mi vida, estoy convencida de encontrar y no busco.
Varias ventajas:
- Estoy mucho más descansada. La búsqueda, ahora me doy cuenta, me agotaba
- Lo que llega es, generalmente, mucho mejor que lo que imaginaba cuando buscaba
- No hay dudas sobre las intenciones del otro: si me viene a buscar es porque le intereso o le interesa lo que hago
- No tengo necesidad de demostrar nada a nadie: hago lo que me piden si es lo que sé hacer y lo quiero hacer. Si no me interesa digo que no y punto pelota.
- Puedo poner mis normas, dejar claros mis límites y pedir lo que quiero: siempre hay lugar para la negociación y para el acuerdo. En ese punto, me viene al dedillo la oración de la gestalt: tú eres tú y yo soy yo; si nos encontramos, fantástico, pero sino, no hay nada que hacer, porque tú eres tú y yo soy yo.
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