lunes, 29 de junio de 2009

Fantasmas del pasado

Las 4 emociones básicas: miedo, alegría, tristeza e ira. Nos surge exclamarnos: coño!, sólo hay una buena! Pues no, todas son necesarias. Aunque quizás la más agradable es la alegría, las demás, miradas de cara y sentidas conscientemente pueden ser, como mínimo muy útiles. Todo depende de como las utilicemos.

El otro día sentí mucha rabia. Sentí como si me hubieran dado un portazo en las narices en un momento doloroso para mí. Me encendí, herida en algo muy profundo y se repetía una frase en mi interior: cuando más los necesito, desaparecen.

No sabía qué hacer con ella y estaba dispuesta a no tragármela como hago habitualmente. La falta de costumbre de manejarla me hacía sentirme como un león en jaula. Me vino una idea a la mente, quizás descabellada, quizás no tenía nada que ver con la causa de mi ira, pero fue lo único que se me ocurrió para darle una salida que me aliviara. Llamé a otro amigo, que es terapeuta, y le pedí ayuda para mi plan a lo cual es se mostró entusiasmado con estar a mi lado en ese momento.

Me encontré con él, llorando de ira, las mandíbulas apretadas. Mi plan era volver al barrio donde viví de pequeña para rememorar el episodio del abuso que sufrí, acompañada de mi amigo, sostenida por él. Otra frase se repetía sin cesar en mi mente: quiero pegarle una patada en los huevos al cabrón que abusó de mí.

Reprodujimos la escena, él haciendo de abusador, con el recorrido exacto de aquel momento. Recuerdo todos los detalles y los sitios exactos donde fue ocurriendo todo.

Quiero explicarlo con todo detalle para vergüenza del cabrón ese que ha condicionado gran parte de mi vida:
Yo tenía 7 años y volvía a casa del colegio sola. Era invierno, 6 de la tarde, ya de noche. En una bocacalle, salido de la sombra, un hombre surgió y me agarró del brazo diciendo que me fuera con él hacia el callejón oscuro para acompañarme a casa. Me resistí por dos veces diciéndole que mi casa no era por ahí. Ante mi insistencia, él cambió de opinión y me dijo:¡ pues te acompaño! Con la mano izquierda me agarró del cuello fuertemente y con la derecha, sacó su polla y empezó a masturbarse. Me obligaba a mirarlo. A medio camino, empezó a eyacular y me dijo: mira, mira la leche, ¿la quieres probar? Sentí mucho asco sin saber bien lo que estaba viendo. A partir de ese instante me bloqueé y no recuerdo qué pasó hasta llegar ante el portal de mi casa. Sólo recuerdo el terror que sentí, sin saber si él me soltaría o se me llevaría, me raptaría, me mataría, me cortaría a pedacitos..... la imaginación se me disparó y me quedé petrificada por el miedo.

Llegados al otro lado de la calle del portal de mi casa, el cabrón me soltó y corrí como una posesa hasta mi casa, llorando histérica. El resto de la historia es harina de otro costal, aunque no me ayudó en absoluto a aliviar el terrible episodio que acababa de vivir.

Junto con mi amigo, tras revivir ese dramático paseo, surgió una importante información de mi inconsciente: ese era mi barrio, donde yo nací. La gente del barrio, los tenderos, los porteros de mi edificio, eran como de mi familia: Josefina y el Sr. Badía, Carmeta la pescatera, Pepe y Mari del Bar Tokiona, la charlatana de la mercería, el zapatero, Rosita de la cooperativa, el farmacéutico que siempre me daba perlitas de colores, etc...

Desde que nací me paseaba por el barrio con total confianza. Aún no caminaba que bajaba las escaleras y me iba a ver a Josefina la portera. Un poco más mayor, bajaba a que me dieran un helado. Por lo que me dicen y por lo que recuerdo, yo era una niña dulce y simpática, muy querida y confiada.

¿Dónde coño estaban todos cuando ese hombre estaba agrediéndome? El barrio era mi casa, mi territorio, era mi gente, los que me querían. Conocía a todo el mundo. ¿Dónde estaban en ese terrible momento? Nadie acudió a ayudarme, nadie hizo nada. El sentimiento de soledad, indefensión e impotencia era brutal.

En ese momento yo decidí que nunca más volvería a confiar en nadie, en nadie! ni hombres ni mujeres. CUANDO MÁS LOS NECESITO DESAPARECEN. Esa frase se iba repitiendo y repitiendo y repitiendo. La misma que ese mismo día había estado repitiendo al sentirme abandonada en un momento doloroso para mí.

Afortunadamente en ese momento de este sábado pasado estaba mi amigo abrazándome, reparando la herida profunda. Se quedó junto a mí, consolándome, acompañándome, diciéndome: vaya susto peque, vaya susto! ya pasó. Ellos estaban ahí y dió la casualidad que todos estaban atareados en sus quehaceres y no te vieron, pero estaban ahí y te siguen queriendo. Vuelve a abrirles tu corazón.

Es curioso como la vida nos va poniendo en contacto con situaciones y personas que reproducen las emociones que sentimos en un momento traumático de la infancia. Atraemos inconscientemente esas situaciones para poder sanar la herida que se produjo y que enterramos muy hondo en nuestro ser. Esa frase típica de: se me repite la misma historia, siempre es lo mismo.

La rabia que sentí el sábado fue el hilo del que pude tirar para contactar con esa herida mía de los 7 años. No sólo por el puto abusador, sino por el abandono que sentí en ese momento por parte de los míos. Intuitivamente y sin que aparentemente tuviera nada que ver mi cabreo con el episodio de mi niñez, esa ira me llevó al nudo de un conflicto que se me repite y se me repite y del que no sabía como salir.

Solemos culpar a los otros de nuestras desgracias. Evidentemente ellos tienen su parte de responsabilidad. Mi abusador es (o era, supongo y espero que ya la habrá palmao y que sufriera mucho) un auténtico hijo de puta; todos en algún momento hacemos daño a personas queridas sin tener la intención de hacerlo y eso no nos exime de nuestra responsabilidad. También es necesario que, ante situaciones repetitivas, miremos para adentro y nos preguntemos cuál es nuestra responsabilidad en eso que nos está pasando. A menudo será algo profundamente enterrado y también es nuestra responsabilidad hacer por averiguar de qué se trata, enfrentándonos a nuestros demonios, a nuestros miedos, a nuestras heridas.

Al final de la experiencia, surgió otra información de mi insconsciente, muy importante y que a menudo no se tiene en cuenta cuando se trata con temas de abusos y maltratos.
¿cuál es el beneficio que sacamos de ser abusad@s o maltratad@s? Sin esa información, nos quedamos siempre en el papel de víctimas y no salimos de la rueda del patrón de conducta aprendido. Siempre hay un beneficio, por duro que parezca.

En mi caso, surgió el pensamiento siguiente: por el puto caso que me hacen los que dicen que me quieren, quizás mejor ese hombre se me hubiera llevado. Para él sí tenía yo importancia, él fue el único que me hizo caso.

Me asusté al observar mi pensamiento pero es la clave por lo que yo puedo romper con el círculo vicioso en el que me veo inmersa en mis relaciones: decidir que no, que no quiero ser abusada, que basta de traicionarme a mí misma entregándome a personas que abusan de mí creyendo que soy importante para ellos. Ese era mi patrón de conducta y decido romperlo.

Volver a abrir mi corazón a mis padres por los que me sentí abandonada, a mis hermanos, a esos vecinos que ya no volveré a ver, reconociendo su cariño por mí aunque en ese momento no estuvieran. Estar al lado de los amig@s que me demuestran día a día que me quieren, confiar en ellos. Cuidar de mí misma con las herramientas que ahora, de adulta, tengo y que no tenía a los 7 años. Cuidar de los míos.

Levantarme cada mañana con la firme intención de hacer mi día lo más agradable y confortable posible, proporcionándome situaciones y personas que me hagan sentir bien, que nos sintamos bien juntos. Encontrar el placer y la alegría, compartir el dolor y el miedo, afrontar mi responsabilidad ante mis errores y dar la cara cuando eso ocurra.

Rechazar relaciones en las que me siento engañada y abusada. Como me decía mi amigo, ahora que todo ha salido a la luz, ya no volveré a necesitar experimentar ese tipo de relaciones.

Me quedan flecos por solucionar. Pongo hilo a la aguja, dispuesta a llegar hasta el final de esta historia e integrarla definitivamente como una experiencia que, a partir de ahora, me ayudará a ser más completa.




sábado, 27 de junio de 2009

Misterio

Llevo unos días alterada, nerviosa, descentrada. Un detalle, una información llegada a mí se ha cargado mi bienestar, mi confianza, me ha hecho tambalearme y sentirme muy confusa. En estos momentos parece que todo lo aprendido, toda la base en la que reposa la confianza en mí misma se pulveriza.

Necesidad de saber, de saber qué hacer, de "hacer lo correcto", intentos varios de meditación, de centramiento, de encontrar algo a lo que agarrarme para no sucumbir a las profundidades del desasosiego. Una lucha inútil, el desasosiego me indica que hay algo que necesita ser mirado en mi interior. Pero por mucho que lo intento, no veo nada. La neura ataca de nuevo y ciega mi comprensión, mi visión interior.

Me voy al cuerpo, sé que sabe más que mi mente, contaminada por ideas pre-concebidas, por juicios, por estrecheces. Consigo una pista que me tranquiliza y me inquieta al mismo tiempo. ¿Qué hago yo con ésto? ¿Dónde lo meto, en qué cajón de mi mente, qué etiqueta le pongo? Silencio.

Finalmente, cansada, agotada, confusa, triste, insegura, acobardada....me entrego al MISTERIO, lo abrazo, me fundo con él. Siento alivio, acogimiento, descanso. El MISTERIO me comunica que puedo meditar para centrarme en mí misma mientras el mundo gira y gira, respirando, inhalando y exhalando sin nada más por hacer; me enseña que las circunstancias actuales de mi vida están ahí para que pueda DESPERTAR como un volcán dormido, rompiendo las cadenas que me immovilizan, encendiendo el fuego de las pasiones que duermen en mi interior, narcotizadas por el miedo y por la educación; me sugiere que dude de lo que intuyo que puede ser dudoso y que no pierda el tiempo dudando de mí misma; y abre mis ojos, mis sentidos, mi corazón y todo a mi ser a la vida, a lo nuevo, a la mujer sabia (bruja) que hay en mí, mostrando lo que hay, mostrando lo que soy generosamente, incluso si lo que hay es IRA, ya que la ira me hace fuerte, me lleva a defender lo mío, me hace digna.

Solemos buscar la seguridad a través de la rutina, planificamos, queremos saber a ciencia cierta qué será de nuestra vida y nos perdemos algo tan maravilloso y acogedor como es el MISTERIO.

miércoles, 24 de junio de 2009

Tocar de pies al suelo o la mejor manera de tomar decisiones lo más acertadas posible

Si hay algo que me ha costado toda la vida es tocar de pies al suelo. Me la he pasado flotando por encima de la realidad, viviendo un sueño, una ilusión, queriendo creerme lo que idealizaba y no lo que ocurría a ciencia cierta. Desde ese lugar, las decisiones suelen ser del mismo color, por lo tanto me llevaban a frustración tras frustración, lo cual era doloroso pero yo me empeñaba en tintarlo de color rosa y seguir adelante con mis sueños o bien simplemente eliminaba de mi vida aquello que yo no quería ver. Fácil. Las consecuencias de esta actitud han sido que me he dejado embaucar, engañar, abusar por cualquiera que tuviera cierta gracia y que me mostrara un mínimo de interés.

Mi momento actual se basa en abandonar esta actitud, en tocar de pies al suelo y decidir qué circunstancias y personas son las que realmente me hacen sentir bien. A más información, más elementos reales para la toma de decisiones. Esa información choca a menudo con mis idealizaciones y eso duele. Me toca renunciar a muchos sueños y, en cierta manera, a quedarme en el vacío. Sueños largamente acariciados, repletos de ilusiones, de amores imposibles, de realizaciones vanas, que se esfuman, que se convierten en cenizas, consumidos por el fuego de la realidad.

Es momento de quemar lo viejo para que surja lo nuevo, de vaciar mis cajones internos de falsedades para poder ir metiendo en ellos lo tangible, lo auténtico, a medida que vaya apareciendo. Solsticio de verano o noche de San Juan, es lo mismo y es ahora.

Abandono un trabajo en el que he dejado la piel y el alma, creyendo que se apreciaba lo que daba. La cruda realidad es que no he sido correspondida, al menos no lo suficiente para que me quede. Ni el sueldo ni el interés por mí están a la altura de lo que yo necesito. Es cierto que al anunciar mi marcha, he recibido el reconocimiento que me ha faltado durante el tiempo que he estado, un reconocimiento moral, que no práctico. Me alivia el corazón y me voy más ligera.

Lo mismo me pasa con algunas personas. Me llega información que me hace darme cuenta de que no soy tan importante para ellas como yo había querido creer, como me emperraba en creer. Me entristece, me duele.

Todo ello tiene que ver con mi facilidad en obviar esa realidad para ensalzar lo ilusorio, lo que me gustaría que fuese y no es. Tiene que ver con traicionarme y permitir que me traicionen, con no atreverme a mirar a los ojos al miedo que me atenaza y me paraliza.

Hoy lanzo a la hoguera de la vanidad todas esas ilusiones, decidida a tocar de pies al suelo y así vivir con la máxima consciencia la realidad que aparezca día a día.


jueves, 18 de junio de 2009

La rueda de la vida

Leo la entrada de mi amiga Isabel, una vez más. La he leído muchas veces y me llega su dolor. Como ella dice, uno nunca se acostumbra a la muerte, siempre que aparece, golpea con crudeza. Y es que la vida es así, con comienzos y finales que se van sucediendo y solapando, sin parar, nunca se para y nos sorprende, por mucho que queramos planificar, por mucho que intentemos que todo siga igual.

Me viene a la mente una frase que puse como titular de un curso: lo único que no cambia es el mismo cambio. Ese es permanente. Puede ser lento o rápido, pero siempre ocurre. La impermanencia de la que hablan los budistas.

He decidido dejar mi trabajo en la residencia. Momento de grandes cambios en mi vida, de cierres, de despedidas, de tristeza. Siento un movimiento imparable en los dos sentidos. Unos van y otros vienen. Los que se van dejan espacio para los que llegan y así se crean oportunidades para todos.

Dejo mi trabajo de trabajadora social y voy a hacer immersión en el mundo de las terapias. La decisión ha ido llegando por partes y en algún momento he sentido que ya no dependía de mí, que había una fuerza superior que me arrastraba, que tomaba el mando...y me he dejado llevar, ofreciendo poca resistencia. Es la segunda vez en mi vida que siento esa fuerza. La primera fue cuando me separé de mi marido. Sí hubo una parte de mí que decidió pero había algo más, estaba esa fuerza que era más potente que yo, que se me llevaba a pesar del dolor, a pesar de no entenderlo, a pesar de mi resistencia, a pesar del miedo y de la sensación de tirarme al vacío sin saber donde caería ni cómo caería. La ostia podía ser monumental. Fue duro y difícil y más adelante me di cuenta de que fue el inicio de mi nueva vida.

Ahora la sensación es similar aunque me siento más tranquila y confiada que hace 10 años y el salto no es tan bestia. Se han conjuntado varias circunstancias que no me han dejado más opción que tomar esa decisión. Las condiciones de trabajo y sueldo de la residencia han empeorado notablemente y me hacen inviable seguir ahí. Por otro lado, las terapias me van cada día mejor y en el centro donde colaboro, se han ido personas a las que aprecio y quiero. Los echaré mucho de menos y al mismo tiempo dejan un espacio para los que llegamos, de la misma manera que yo dejaré un espacio en la residencia para alguien que necesite ese trabajo como yo lo necesitaba cuando me lo ofrecieron.

Tristeza por mis compañeros terapeutas que han decidido seguir su labor en otros lugares, tristeza por dejar a mis abuelitos, a mis colegas, a lo que ha sido casi como mi casa en los últimos tres años. He creado vínculos, algunos fuertes y duele irme.

Y también hay alegría, siento una fuerza que sale de dentro, de todo mi ser, que me dice: esto es mi vida, así quiero vivir, eso es lo que quiero hacer y tanto me dan las consecuencias, las dificultades que puedan surgir. Quiero dedicarme de pleno al mundo de la Gestalt, de la terapia corporal, eso es lo que yo soy, terapeuta.

Es un estado de Amor, de pleno convencimiento, de certeza absoluta, que no sale del pensamiento, sino de la armonía de los tres centros: cabeza, corazón y vientre; mente, emociones, instinto.

Y creo que eso es la Vocación. No sólo porque así lo siento, sino porque disfruto como una vaca haciendo este trabajo, me siento feliz, alegre y plena, sale lo mejor de mí misma. Y eso, al fin y al cabo, es lo importante, llegar a vieja o llegar ante la muerte con la sensación de haber disfrutado de mi vida, de haber hecho aquello que mejor me sienta, de haber abierto mi corazón.

martes, 26 de mayo de 2009

Recapitulación

Solemos echar la vista atrás y hacer recapitulación de lo vivido a menudo en fin de año. Yo, la verdad, no lo suelo hacer y me doy cuenta de que, en serio, en serio, no lo he hecho nunca. Hoy siento la necesidad de hacerlo, de una forma amplia y extendida en el tiempo. ¿Cuánto tiempo? No lo sé, años, bastantes años. En realidad, no me importa el tiempo sino poder observar los cambios, las pérdidas, los logros, la evolución y cómo se ha ido desarrollando todo ello.

Tengo la sensación de haber vivido dos vidas en una y quién sabe si vivirá más. De lo que sí soy consciente actualmente es de dos partes muy diferenciadas: mi vida antes y después de divorciarme; una de inconsciencia y automatismos y otra de inicio y desarrollo de la consciencia, del autoconocimiento, del proceso personal, que me han traído hasta el momento presente. Hace exactamente 10 años estaba en plena crisis existencial, con un gran malestar en mi vida de pareja y sin saber qué haría con mi vida si finalmente decidía separarme, lo cual hice a los pocos meses.

Pero... quiero empezar esta recapitulación de otra manera. Quiero empezar por recordar a las personas que he perdido a lo largo de mi vida, que han muerto en el transcurso de los años vividos.

Mi primera pérdida fue mi abuela materna. A mis abuelos paternos no llegué a conocerlos. Mi abuela, Mamie, murió cuando yo tenía 7 años. Sé que fui consciente de su muerte,no me lo escondieron ni nada de todo esto, pero no recuerdo haber sentido dolor. Me entristeció no volver a verla, era afable y agradable. Íbamos todos los miércoles, toda la familia, a comer a su casa.
5 años después murió mi abuelo, Papi. Era muy viejo, casi 90 años y en los últimos años estaba demente y me daba miedo. Era un hombre muy severo y no especialmente cariñoso.

Durante muchos años no hubo ninguna muerte más en mi familia. No fue hasta 1 año después de casarme cuando yo tenía 24 años, que murió mi tío Jorge, el único hermano de mi padre, que se fue tras una extraña enfermedad, con 58 años. Me dolió, lo quería mucho, era un buen hombre, agradable, simpático, con buen humor. Curiosamente, el mismo día de su entierro, murió otro tío mío que ya tenía 80 años, de golpe, de un infarto, al regresar del funeral de mi tío Jorge. El tío René. Lloré mucho con esa doble desaparición. Macabramente, mi jefe de aquel entonces me dijo: ¡¡Usted los mata por pares!! Un poco de humor negro que me hizo bastante gracia dentro de la desgracia.

Algunos años después desapareció mi amiga Magda, compañera de trabajo en la agencia de viajes. Tenía una enfermedad, Lupus eritematoso. La fui a ver al hospital el día antes de su muerte. Acababa de nacer mi segundo hijo, Alex. Entretanto, sufrí el aborto donde perdí a mi hijo no nacido.

Después vino una época de varias muertes sucesivas. En pocos meses se fue mi primo y padrino, Juan, al que adoraba; su hermano y también primo mío, Roberto y mi tía Thérèse, hermana de mi madre. Poco después, la mejor amiga de mi madre y madre de mi mejor amiga, Ana María, con la que yo había pasado muchos veranos de mi infancia y adolescencia.

Mi tía Mª Angela se fue tras un cáncer de páncreas y después mi prima Mireille, también de cáncer.

Mi suegro murió en el año 93 y mi suegra en el 2004. De mi suegra, me doy cuenta de que no la he llorado mucho y eso que la quería. En parte, esa recapitulación de mis pérdidas es una forma de recordarlos y de reconocer la importancia que han tenido en mi vida. Mi suegra Nuria era una buena persona y la quería, además de ser guapísima. Conviví mucho con ella, a veces a mi pesar y en el cómputo general, el balance es que había mucha estimación y cariño entre ella y yo. La echo de menos.

Las dos últimas muertes han sido para mí las más dolorosas: primero Alberto, mi ex marido y padre de mis hijos, hace ya más de 3 años (parece que fue ayer y aún me cuesta aceptar que él ya no esté). Fue el amor de mi vida y aunque hubo mal rollo al final, él ha sido hasta ahora el hombre más importante de mi vida; la otra es la de mi querida amiga Nuria, a la que considero mi segunda madre, mi compañera de confidencias, de largas conversaciones en la montaña, entre los pinos, el amor más sincero, puro y auténtico que he vivido nunca. La añoro mucho.

En cuanto a mi vida personal e íntima, mi primera gran pérdida fue la de mi inocencia, la de la niña confiada, alegre y tierna por causa de un abuso sexual puntual en plena calle en una hora punta del día. No voy a extenderme en detalles, no me apetece. Lo único que diré es que ese hecho ha tenido muchas consecuencias en el desarrollo de mi carácter y de mi ubicación en el mundo, creándome desconfianza en mis relaciones y una fuerte tendencia a no contar con nadie, a apañármelas siempre sola y a tener una gran dificultad en pedir ayuda. En la polaridad opuesta, desarrollé una forma de seducción en la que intentaba agradar a toda costa, no creyéndome merecedora de amor, aprecio y estima, por lo cual, aunque en apariencia era fuerte y autosuficiente, en la práctica, sin darme cuenta, me dejaba "abusar" por personas, situaciones, trabajos, etc. 
He entendido que, con diversas formas, se repiten en nuestras vidas las situaciones que reproducen las escenas dolorosas en las que adoptamos un patrón de conducta, y se repiten para darnos la oportunidad de darnos cuenta de ello, aunque lo hayamos olvidado, para sanar esa herida y poder cambiar esa actitud que, en su momento nos permitió sobrevivir y que actualmente nos frena y nos perjudica.
Hoy estoy en pleno proceso de sanación de esta herida, reubicándome en el mundo, poniendo límites, contactando con lo que yo quiero, motrando y expresando mis sentimientos aunque no gusten a algunos....abandonando la actitud de dejarme abusar, cuidándome y tomando decisiones que me hacen sentir bien, digna, sobretodo digna. Gran palabra, DIGNIDAD.

En mi vida de casada fui feliz durante muchos años hasta que dejé de serlo. Mis hijos son lo mejor que me ha pasado. Decidí separarme, sin ser muy consciente de ello en aquel momento, cuando finalmente puse un límite a la actitud abusiva que tenía mi marido conmigo y que yo había dejado que ocurriera por "no discutir" y crear mal rollo.

Y ahí aparece mi segunda vida en la que, poco  a poco, con muchas dificultades y dolor, ahora puedo decir que ha valido la pena, que la sigue valiendo y que me va de puta madre hacer esta recapitulación para darme cuenta de los logros. A veces me olvido de como estaba hace 10 años, de lo perdida que estaba y ni en la más fantasiosa de las fantasías podía imaginarme poder llegar a lo que he llegado, a sentirme tan bien como me siento ahora. Volver la vista atrás y ver el camino andado me da fuerzas, ánimos y sobretodo, alegría. He pasado penuria, he llorado de impotencia, de tristeza, me he sentido agotada, sin fuerzas para seguir, en la oscuridad total, sin saber para donde tirar. Me he sentido sola, muy sola.

Hoy, me siento bien conmigo misma, me siento bien en mi casa, con mis hijos y mis animales; me siento bien con mi familia, con mis amigos, con mis colegas. Hoy me siento parte del mundo, de la humanidad. Poco a poco, todo se va colocando, aunque a veces me duele cómo ocurre esa recolocación, pues aparentemente va en contra de mis deseos. Aparentemente, ya que la experiencia me demuestra que al final, eso que me duele, eso que va en contra de mis expectativas resulta ir a favor de lo que quiero por derroteros que no podía imaginar.

Trabajo de lo que me gusta y me gano la vida con ello, lo suficiente para vivir bastante bien. De mi vida han ido desapareciendo (que no muriendo) las personas y situaciones que ya no servían para mi evolución, para mi bienestar. También eso me ayuda a aceptar ciertas pérdidas de personas a las que he querido o quiero.

A los 7 años, con el abuso que sufrí, perdí la alegría, perdía la inocencia, perdí la confianza. Me ha costado casi toda mi vida recuperarlas. En ello estoy.

Me olvidé de reir, me olvidé de disfrutar, me olvidé de jugar.

El círculo se cierra. 44 años después recupero la inocencia, la alegría, las ganas de jugar y de reír.

Esa es la conclusión de mi recapitulación. Sin más.


lunes, 18 de mayo de 2009

Generosidad

Ayer mi amigo Quim me invitó al teatro.  Por ser actor, tenía invitaciones y me dijo de ir con él. No le pregunté qué íbamos a ver, esa es una actitud nueva en mí, seguir mi impulso sin querer tenerlo todo controlado. Creía que era una obra y no, era un concierto, música contemporánea que en principio no me gusta. 

"Piturrino fa de músic". Ese es el nombre del espectáculo. Al inicio me puse tensa y pensé: joder, vaya mierda, eso no me va a gustar. Entonces me relajé y pensé: estás aquí y si estás aquí es que ahora mismo éste es tu lugar. Relájate y déjate entrar esta música, sea como sea. Entrégate a ella, a escuchar, a ver como se mueven los músicos, el director y cuando acabe ya decidirás si te ha gustado o no. 

Me metí totalmente, parecía que sólo existiera la orquesta y yo. No me di cuenta del resto del público, incluso me olvidé de mi amigo. Toda la atención estaba puesta en lo que se desarrollaba en el escenario, en los movimientos de los músicos y del director, en los colores, en las notas, en los instrumentos que las emitían, en observar y apreciar la maravillosa sincronía que se estaba produciendo ante mis ojos. En un momento dado, tuve la necesidad de sentir que lo estaba compartiendo, miré a mi amigo y me arrimé a él, sintiendo su contacto. Tuvimos una mirada cómplice, me preguntó si estaba bien y le contesté que sí. Volví a sumergirme en el espectáculo.

Había momentos en que la música me chirriaba, me hacía sentir mal, me removía y no me gustaba. Otras me encandilaba, me apasionaba, me deleitaba. Al acabar, me di cuenta de que me había encantado, que era un caos perfecto, una explosión de creatividad, un acto de generosidad por parte del autor, Carlos Santos.

 Ese mismo día me estaba sintiendo apretada, encogida dentro de mí misma, como muchas veces me he sentido y estaba sintiendo la necesidad de expansionarme, de darme, de entregarme con todo mi ser a la vida, en un acto generoso de darme a mí misma, de compartirme, no por esperar una recompensa, un premio o un reconocimiento sino por el placer de explosionar con todo lo que soy, sin escatimar nada de mí y así sentirme viva y disfrutar, haciendo disfrutar a los otros, como hace Carlos Santos con su espectáculo.

Ese concierto ha sido perfecto para mí por el momento que estoy viviendo, porque se trata de eso. Este tío me dio una gran lección que yo estuve a punto de desaprovechar, despreciándolo al principio del concierto y sin darle la oportunidad de escucharlo, condenándolo de antemano. La única que habría salido perdiendo soy yo. Fue un regalo y lo recibí porque previamente  me había entregado, dispuesta a recibir, dispuesta a que me llegara lo que hubiera, aunque no me gustara. La sorpresa fue que sí me gustó y hacía falta escucharlo todo para poder saberlo. 

Vivir la experiencia en vez de imaginarla, en vez de elucubrar, en vez de montarme la película en mi coco anticipando el resultado, sea mi anticipación a favor o en contra. Si es a favor y el resultado no corresponde con mi idea, sentiré frustración; si es contra, me cierro a la experiencia y me la pierdo.

Eso es la generosidad. Entregarme sin condiciones ante el que se entrega sin condiciones. Y ahí surge el milagro de la vida, en el aquí y el ahora, en el presente.

 

domingo, 12 de abril de 2009

Carta a mi hijo no nacido

Tardaste en llegar a mi vientre, me impacienté creyendo que no querías venir. Deseaba tu presencia y, al fin un día, ahí estabas!! Mi corazón se llenó de alegría, mi útero de vida. Ibas conmigo a todas partes, al trabajo, a casa, a la cama, en la cocina o en el salón; en las visitas a la familia, en los paseos y excursiones, al cine, en mis baños en el mar.

Hacía dos meses que vivías y crecías dentro de mí y una mañana al levantarme, advertí una pequeña mancha rosada. No le dí importancia o.... no quise darle importancia. Había oído que en los primeros meses de embarazo podía ocurrir coincidiendo con la menstruación. Me encontraba bien. No acudí al médico, de hecho no tenía. Eras mi segundo hijo y había decidido cambiar de ginecólogo, descontenta con el que me llevó durante la gestación de tu hermana Sara. Aún no había decidido a cuál ir, en ello estaba. Se lo comenté a mi hermana, tu tía y me aconsejó estar alerta hasta que fuera al médico. Pasaron un par de semanas y alguna que otra vez, muy esporádicamente, volvía a aparecer alguna manchita. Me hacía tanta ilusión tenerte que no quise enfrentarme a la posibilidad de que no estuvieras bien.

Aquel viernes 16 de septiembre de 1988 se casaba mi primo en St. Feliu de Guixols. Acudí a la boda, orgullosa de que fueras conmigo, ahí dentro de mí. Con tu padre, regresamos de madrugada, sobre las 3. Al llegar a casa e ir al baño antes de meterme en la cama, cansada y feliz, el tiempo pareció paralizarse al darme cuenta de que la sangre salía a borbotones de mi interior. 
Esperamos a que se hiciera de día y tu padre me llevó a la clínica donde había nacido Sara. Era sábado. Tenía la sensación de estar desangrándome por completo. En la clínica QUIRÓN (y lo pongo en mayúsculas para que se vea bien claro), tras explicar en recepción lo que me estaba ocurriendo y decir que el ginécologo que me había llevado en el anterior embarazo era médico de ahí, con una frialdad pasmosa me dijeron que no tenían urgencias ginecológicas y nos echaron a la calle sin miramientos. Nunca se lo he perdonado y no he vuelto a poner los pies ahí.

Tu padre y yo nos quedamos en mitad de la calle sin saber qué hacer, y era urgente tomar una decisión. Me sentí muy mal por no haber decidido ir al médico antes pero aquel no era momento para lamentaciones. Los dos corríamos peligro. La lógica y la urgencia se impusieron: ¿problemas ginecológicos?: Dexeus. Y ahí nos dirigimos sin dilación.

En Dexeus, sin preguntar nada y con la máxima celeridad, una vez explicamos el problema, me encontré inmediatamente atendida por una doctora, a la que nunca olvidaré, por su amabilidad, su dulzura y su sinceridad: alto riesgo de aborto, no te voy a dar nada para intentar salvar al bebé, eso sólo alargaría la agonía y si lo tienes que perder, lo perderás igual. Te vamos a hacer una ecografía, aunque los ecógrafos habituales, al ser sábado, no están en funcionamiento. Lo haremos con uno portátil que no es tan preciso.

En la ecografía te vi, minúsculo y aún vivo. Tu pequeñísimo corazón latía. Lloré mucho ante la posibilidad de perderte. Nos enviaron a casa con la consigna de que, si no pasaba nada antes, volviéramos lunes cuando la clínica funcionara ya con toda normalidad. Me pasé el resto del sábado y todo el domingo estirada en la cama, sólo levantándome para ir al baño. Estaba débil, la hemorragia continuaba con grandes coágulos.

Domingo por la noche empecé a sentir dolor. Eran contracciones de parto. Tu padre me llevó urgentemente a Dexeus otra vez. Volvieron a hacerme otra ecografía y, para ello, debía beber mucha agua sin orinar. Al entrar en la consulta para finalmente hacerme la ecografía, fui al baño previamente para limpiarme de la sangre que seguía brotando. Sentí como caían los coágulos y uno fue mayor que todos los demás. Al mirarme el médico, me dijo que ya no estabas. 

Las contracciones y el dolor desaparecieron y yo me sentí aliviada. Aquella noche la pasé en una habitación de la clínica. Era la noche del domingo 18 al lunes 19 de septiembre de 1988 y en la tele daban la inauguración de los Juegos Olímpicos de Seúl. Me quedé sola, me sentía bien. 

Al día siguiente me hicieron un raspado para eliminar cualquier resto del embarazo y evitar infecciones. El martes fui a trabajar y mi vida siguió su curso. Mi facilidad en evitar el dolor de las pérdidas me llevó, como siempre, a ver el lado positivo de la situación: si te habías ido era porque no estabas bien y era mejor así. No volví a llorar, no volví a sentir la tristeza por tu no existencia.

Al cabo de 5 meses me volví a quedar embarazada de tu hermano Alex, el pelirrojo. Cuando nació pensé que sin tu muerte, él no hubiera existido y eso también me reconfortaba. Poco a poco te fui apartando de mis pensamientos y de mi corazón, como si no hubieras existido. Sólo de vez en cuando, y sin un atisbo de dolor, recordaba tu breve existencia. A veces contaba riendo como te habías ido por el desagüe del water. ¡Qué habilidad en no conectar con el dolor y la tristeza!

Anoche, cenando con un buen amigo en un restaurante, te recordé, y no sólo eso: te hiciste presente, sentí tu presencia a mi lado, tan viva, tan cierta como si te estuviera viendo. Sentí como me susurrabas al oído: mamá, yo también soy hijo tuyo. Lloré, lloré mucho sin poder parar, como lloro ahora escribiéndote esta carta, lloro todo lo que no lloré cuando te fuiste.

Hijo mío, lo siento, siento haberte excluido de nosotros, siento no haber ido antes al médico para intentar salvarte, en mi inconsciencia, en mi incapacidad por asumir el peligro que corrías, por mi miedo a perderte. Me duele mucho la manera en que saliste de mi cuerpo, de mi vientre y por donde te fuiste, aunque tu corazón ya no latiera. Eres mi hijo y no supe cuidar de ti, ni en la vida ni en la muerte.

Esta carta que hago pública en mi blog es mi tardío reconocimiento a tu calidad de hijo mío y de tu padre, al que espero hayas encontrado entre las estrellas. 

No sé si eres niño o niña. Siempre te he imaginado niño. Yo no he gestado a 2 hijos, he gestado a 3, aunque tú no llegaras a nacer. Te quise, te deseé intensamente, viviste un tiempo en mi vientre, estuvimos unidos por el más íntimo de los lazos, el del amor y el del cuerpo. Durante este tiempo, tú y yo éramos dos en uno. Mi respiración era tu respiración, mi alimento, tu alimento, mi vida la tuya. No existe vínculo más potente y sagrado.

Te quiero y te añoro, hijo mío. Siempre estarás en mi corazón.