Sigo con el tema que es la estrella de los últimos días para mí: la responsabilidad, etimológicamente algo así como "responder libremente, dar respuesta desde la libertad". En nuestra sociedad entendemos por responsabilidad las obligaciones, los tengo que, porque es lo que me han enseñado, porque es lo que espera de mí la sociedad, la empresa, mis padres y mis hijos. Porque es lo que está bien, a diferencia de lo que está mal. Me gustaría saber quién decidió un día lo que estaba bien y lo que estaba mal, está visto que ni aún así nos ponemos de acuerdo entre nosotros y lo que está bien para mí está mal para tí y viceversa. De todas formas, creemos tener claros ciertos conceptos del bien y del mal en los que coincidimos por cultura, por costumbres, por leches en vinagreta.
Parece que nuestro concepto de responsabilidad nada tiene que ver con su etimología, pues hacer las cosas por obligación o porque así lo dicen las normas sociales, la cultura o la madre que los parió, es todo menos libertad. Por lo tanto, deduzco que la mayoría de nosotros no tenemos ni la más puñetera idea de lo que es auténtica responsabilidad, al menos yo hasta ahora, ni puta idea.
Intentaré transmitir en este medio que se basa en símbolos conectados a nuestra mente lo que yo siento que es, lo que he experimentado en estos últimos días en relación a ella y que no tiene nada que ver con el coco, ni con obligaciones, ni con conceptos sociales.
La responsabilidad es para mí una sensación física de fuerza en el estómago, una solidez, una determinación. La seguridad y certeza interna, alejada de parámetros convencionales, de que eso es lo que QUIERO, no lo que DEBO. Y ese querer no es fruto del capricho, ni del deseo, ni de lo que esperan los demás de mí, ni tan siquiera de lo que espero yo de mí misma, sino de la atención, de la consciencia que proporciona el aquí y el ahora, dándome cuenta de lo que pienso, de lo que siento y de lo que hago.
La responsabilidad auténtica implica tomar decisiones, elegir, escoger y desechar; implica el riesgo de equivocarme y de aceptar el error, sabiendo que, si he puesto toda mi atención y mi consciencia en esa decisión, lo he hecho lo mejor que he podido y sabido con los elementos que en ese momento tenía a mi alcance. Si ejerzo la responsabilidad de esta manera, elimino el sentimiento de culpa, aceptando que en las circunstancias existentes, elegí la mejor solución posible, la mejor respuesta, la mejor elección que podía y sabía. El sentimiento de culpa es, en realidad, una forma de prepotencia ya que doy por supuesto que lo podía haber hecho mejor de lo que lo hice con los elementos que había. Y no. Aceptar mis limitaciones de ser humano es parte de mi responsabilidad. Si me equivoco, sostengo dignamente el error y asumo las consecuencias de mi decisión.
También tiene que ver para mí con la intuición, con una sensación de certeza interna que no tiene explicación mental. Ayer, por ejemplo, estaba yo ordenando y limpiando mi casa, dispuesta a tirar todo aquello que no me sirve o que ya no quiero. Monumental tarea para mí que soy una acumuladora nata. Tengo montones de objetos de decoración, por poneros un ejemplo. Que si éste me lo regaló mi madre, que si éste otro lo traje del viaje a Egipto, que si el de más allá es un recuerdo de un sitio especial, que si aquél es una figura de barro hecha por mi hijo cuando tenía 3 años.... en fin, todos tienen historia y un motivo para permanecer en mis estanterías. Cuando tengo que sacar el polvo y poner orden, me agobio muchísimo y lo hago rápido y de cualquier manera para acabar lo antes posible, cuando no me voy al otro extremo y lo tiro todo para no angustiarme con la selección.
Ayer fue diferente: tomé objeto por objeto en mis manos, lo miré atentamente y me dejé sentir si realmente quiero, en estos momentos de mi vida, tenerlo entre mis cosas. Me di cuenta de que muchos ni me gustan, otros que sí me gustan pero ahora no me apetece tener a la vista y los que realmente quiero tener son los menos. Una vez hecha la selección vino el segundo paso: ¿dónde lo quiero tener? Fui colocando, cambiando, recolocando. Lo miraba y me dejaba sentir si era ahí y así como lo quería hasta que SENTÍA que aquél era su sitio. El resultado ha sido fantástico y cada rincón tiene una armonía que nunca antes había logrado. Disfruté como una vaca haciéndolo, descubriendo la libertad de elegir, a diferencia de la esclavitud de tenerlo todo y no disfrutar de nada.
Traspolando lo de los objetos a cualquier situación de mi vida, me di cuenta de que aguanto situaciones o relaciones por no decidirme a elegir, por no hacerme responsable de lo que realmente quiero en mi vida y de cómo lo quiero, huyendo de las sensaciones desagradables por no expresar mi disconformidad y así evitar el trance de la pérdida, de la separación, de la confrontación.
Es más fácil echar las culpas a la mala distribución del piso y a su arquitecto que asumir la responsabilidad de mi espacio vital; es más fácil generalizar y echarle la culpa al sistema que conectar con lo que yo quiero y puedo hacer por mí y por los demás, dentro de mis posibilidades; es más fácil acusar a un amigo de no llamarme cuando lo necesito que llamarlo yo y pedirle ayuda, arriesgándome a que no pueda o no quiera hacerlo, a recibir un NO por respuesta.
En relación a las personas, ahora entiendo algo que me ha pasado en algunas ocasiones. Al ver por primera vez a algunos de mis amigos y mirarlos a los ojos, suelo tener una sensación curiosa: un reconocimiento, una sensación física de cercanía, de conexión. No me ha fallado nunca. Antes o después, esa persona ha sido y es importante en mi vida. Esa sensación es la señal: apuesto por ella, me arriesgo y confío. Asumo la responsabilidad de esa elección porque es lo que yo quiero y sé que lo quiero porque intuitivamente lo he percibido.
Nada que ver con la obligación, nada que ver con lo socialmente aceptable, nada que ver con lo que dirán los demás de mí, nada que ver con mi propio auto-concepto.
Simplemente es lo que quiero.
domingo, 20 de abril de 2008
domingo, 13 de abril de 2008
Sin título específico
Intentaba escribir una entrada siguiendo el hilo de varios acontecimientos y descubrimientos en mi proceso personal y he borrado varias veces. Siento cosas que intento ordenar mentalmente para escribirlas y no hay manera!! en cuanto me voy al coco parecen borrarse, desaparecer y soy incapaz de transmitirlas por escrito.
¿Cómo plasmar una sensación que empieza corporalmente, en el centro, a nivel del estómago, y que se extiende desde ahí hacia todos lados más allá de los límites de mi piel? ¿Cómo explico que esa sensación es el equivalente a una palabra que usamos mucho y que, al menos yo, hasta ahora, no tenía idea auténtica de lo que significaba? Una cosa es la definición del diccionario, una cosa es el sentido mental que damos a una palabra, incluso social y otra muy diferente es la sensación del sentido auténtico que surge desde las entrañas, la certeza que da la comprensión global y holística de unas letras juntadas que, por sí mismas, no significan nada. Son sólo símbolos a los que les damos una interpretación. Eso, ahora me sale. Interpretación versus vivencia. Idea versus experiencia.
Estoy perra para escribir desde el coco.
Menos es más.
Sentirme parte de mi familia, mirar a mis hermanos, a mi padre, a mi madre, como si los viera por primera vez, descubrirlos, disfrutarlos, sentirme querida y quererlos, aceptarlos tal como son. Aceptarme tal como soy. Sentirme digna con mis errores. Sentirlos dignos con sus errores.
Ver a mis hijos con sus primos, jugando, riendo, haciendo el idiota.
Escuchar a mi madre y a su hermano, mi tío, contar historias de sus padres, mis abuelos, y de los bisabuelos. Ver fotos de ellos. Se me hace extraño y al mismo tiempo me llena de energía ver a esos personajes antiguos y saber que llevo su misma sangre, que sin ellos yo no estaría aquí y ni tan siquiera me han conocido ni yo a ellos.
Me aparece una imagen curiosa, paralela a un árbol genealógico. Me veo a mí y detrás mío, como una prolongación de mí misma, cientos de personajes, miles, que se van desdoblando hasta el infinito. Me asombra ese concepto de formar parte, de existir gracias a todos esos seres que han vivido antes que yo, que no conoceré nunca y que forman parte de mí, soy su resultado. Eso me da fuerza.
Responsabilidad. Esa es la palabra. Mi propia definición: el poder de responder, de forma digna ante diferentes situaciones; la capacidad de aceptar las consecuencias de mis actos, de mis decisiones con integridad; la humildad de asumir mis errores y el valor de aceptar la frustración.
Me voy a dormir.
¿Cómo plasmar una sensación que empieza corporalmente, en el centro, a nivel del estómago, y que se extiende desde ahí hacia todos lados más allá de los límites de mi piel? ¿Cómo explico que esa sensación es el equivalente a una palabra que usamos mucho y que, al menos yo, hasta ahora, no tenía idea auténtica de lo que significaba? Una cosa es la definición del diccionario, una cosa es el sentido mental que damos a una palabra, incluso social y otra muy diferente es la sensación del sentido auténtico que surge desde las entrañas, la certeza que da la comprensión global y holística de unas letras juntadas que, por sí mismas, no significan nada. Son sólo símbolos a los que les damos una interpretación. Eso, ahora me sale. Interpretación versus vivencia. Idea versus experiencia.
Estoy perra para escribir desde el coco.
Menos es más.
Sentirme parte de mi familia, mirar a mis hermanos, a mi padre, a mi madre, como si los viera por primera vez, descubrirlos, disfrutarlos, sentirme querida y quererlos, aceptarlos tal como son. Aceptarme tal como soy. Sentirme digna con mis errores. Sentirlos dignos con sus errores.
Ver a mis hijos con sus primos, jugando, riendo, haciendo el idiota.
Escuchar a mi madre y a su hermano, mi tío, contar historias de sus padres, mis abuelos, y de los bisabuelos. Ver fotos de ellos. Se me hace extraño y al mismo tiempo me llena de energía ver a esos personajes antiguos y saber que llevo su misma sangre, que sin ellos yo no estaría aquí y ni tan siquiera me han conocido ni yo a ellos.
Me aparece una imagen curiosa, paralela a un árbol genealógico. Me veo a mí y detrás mío, como una prolongación de mí misma, cientos de personajes, miles, que se van desdoblando hasta el infinito. Me asombra ese concepto de formar parte, de existir gracias a todos esos seres que han vivido antes que yo, que no conoceré nunca y que forman parte de mí, soy su resultado. Eso me da fuerza.
Responsabilidad. Esa es la palabra. Mi propia definición: el poder de responder, de forma digna ante diferentes situaciones; la capacidad de aceptar las consecuencias de mis actos, de mis decisiones con integridad; la humildad de asumir mis errores y el valor de aceptar la frustración.
Me voy a dormir.
sábado, 5 de abril de 2008
Hacer sin hacer
Hablaba ayer con mi astróloga (hay quién tiene psicólogo o psiconanalista y yo tengo astróloga, aunque sólo la consulto una vez al año para mi revolución solar, o sea, los aspectos planetarios de mi cielo para el año en curso) y coincidíamos en una cosa: siempre que hemos ido a buscar algo, siempre que nos movemos hacia algún trabajo, actividad o persona, nunca sale bien o eso no llega a nuestra vida.
Las cosas que nos llegan lo hacen cuando no las buscamos, cuando nos estamos quietecitas. Ponemos la intención, la voluntad, la energía pero no vamos a por ello.
Eso, evidentemente, es todo lo contrario de lo que nos han inculcado, de lo que la sociedad, la cultura y la educación nos ha machacado y remachacado: "a casa no te vendrán a buscar", "si no te mueves no lograrás nada". Y es que hay diferentes formas de moverse.
Me impactó profundamente el año pasado en un taller de chamanismo que hice en verano algo que nos dijeron: no se trata de buscar, sino de encontrar. Una frase que creo que todos nosotros hemos oído alguna vez. Hasta ese momento no le había dado mucha importancia, pero en el marco de las actividades que estábamos desarrollando, la frase tomó un sentido profundo.
Ese sentido es el de lo que estoy diciendo: no siempre encontrar algo supone acción. La búsqueda es acción: tengo que hacer algo y en ese "tengo que hacer algo" impido que llegue a mi vida lo que tenga que llegar de forma natural y fluida. Ocupo un espacio que no deja lugar a la espontaneidad, a la sorpresa, a la energía libre de control, porque es un problema de control, de querer controlarlo todo y ahí me pierdo y, por polaridad, no controlo nada.
No todos somos iguales. Hay una "cosa" que se llama "Sistema de diseño humano" que clasifica a las personas en tres grandes grupos, la verdad no recuerdo exactamente cuáles. Sí recuerdo dos de ellos: los de la acción y los de la no acción. Parece ser que soy del grupo de la no acción, es decir, esperar para actuar, esperar para responder. Todo lo que intente conseguir actuando yo de entrada, no llegará a buen puerto.
Me ha costado mucho integrar esa actitud. Mi tendencia es estar siempre en acción, ir a por lo que quiero. Eso de esperar a que me lleguen las cosas.... mmmm, me cabrea un montón.
Poco a poco me he ido dando cuenta de todo esto y ahora empiezo a integrarlo y a practicarlo. Los resultados son sorprendentes: aparecen personas que habían desaparecido de mi vida desde hacía tiempo con ganas de reemprender la relación desde un lugar mucho más sano y tierno, incluso aparecen algunas que me ayudan a darme cuenta de que si yo no voy hacia ellas y pongo la energía, desaparecerán pues no están dispuestas a ponerla ellas. Eso es muy significativo: Ver que su interés por mí radicaba únicamente en lo que yo les proporcionaba; en cuando dejo de hacerlo, ya no están, se van. Está claro, diáfano ahora que no quiero a gente así en mi entorno.
Me contactan para trabajos, cursos, terapias. Empiezo a tener la agenda a tope y hago malabarismos para poder llegar a todo. Nada de lo que actualmente estoy haciendo y de los proyectos o propuestas que me hacen han sido movidas por mí. Siempre hay alguien que me indica, que me llama, que me propone. Mi actitud es de receptividad: estoy abierta a que lleguen esas cosas a mi vida, estoy convencida de encontrar y no busco.
Varias ventajas:
Las cosas que nos llegan lo hacen cuando no las buscamos, cuando nos estamos quietecitas. Ponemos la intención, la voluntad, la energía pero no vamos a por ello.
Eso, evidentemente, es todo lo contrario de lo que nos han inculcado, de lo que la sociedad, la cultura y la educación nos ha machacado y remachacado: "a casa no te vendrán a buscar", "si no te mueves no lograrás nada". Y es que hay diferentes formas de moverse.
Me impactó profundamente el año pasado en un taller de chamanismo que hice en verano algo que nos dijeron: no se trata de buscar, sino de encontrar. Una frase que creo que todos nosotros hemos oído alguna vez. Hasta ese momento no le había dado mucha importancia, pero en el marco de las actividades que estábamos desarrollando, la frase tomó un sentido profundo.
Ese sentido es el de lo que estoy diciendo: no siempre encontrar algo supone acción. La búsqueda es acción: tengo que hacer algo y en ese "tengo que hacer algo" impido que llegue a mi vida lo que tenga que llegar de forma natural y fluida. Ocupo un espacio que no deja lugar a la espontaneidad, a la sorpresa, a la energía libre de control, porque es un problema de control, de querer controlarlo todo y ahí me pierdo y, por polaridad, no controlo nada.
No todos somos iguales. Hay una "cosa" que se llama "Sistema de diseño humano" que clasifica a las personas en tres grandes grupos, la verdad no recuerdo exactamente cuáles. Sí recuerdo dos de ellos: los de la acción y los de la no acción. Parece ser que soy del grupo de la no acción, es decir, esperar para actuar, esperar para responder. Todo lo que intente conseguir actuando yo de entrada, no llegará a buen puerto.
Me ha costado mucho integrar esa actitud. Mi tendencia es estar siempre en acción, ir a por lo que quiero. Eso de esperar a que me lleguen las cosas.... mmmm, me cabrea un montón.
Poco a poco me he ido dando cuenta de todo esto y ahora empiezo a integrarlo y a practicarlo. Los resultados son sorprendentes: aparecen personas que habían desaparecido de mi vida desde hacía tiempo con ganas de reemprender la relación desde un lugar mucho más sano y tierno, incluso aparecen algunas que me ayudan a darme cuenta de que si yo no voy hacia ellas y pongo la energía, desaparecerán pues no están dispuestas a ponerla ellas. Eso es muy significativo: Ver que su interés por mí radicaba únicamente en lo que yo les proporcionaba; en cuando dejo de hacerlo, ya no están, se van. Está claro, diáfano ahora que no quiero a gente así en mi entorno.
Me contactan para trabajos, cursos, terapias. Empiezo a tener la agenda a tope y hago malabarismos para poder llegar a todo. Nada de lo que actualmente estoy haciendo y de los proyectos o propuestas que me hacen han sido movidas por mí. Siempre hay alguien que me indica, que me llama, que me propone. Mi actitud es de receptividad: estoy abierta a que lleguen esas cosas a mi vida, estoy convencida de encontrar y no busco.
Varias ventajas:
- Estoy mucho más descansada. La búsqueda, ahora me doy cuenta, me agotaba
- Lo que llega es, generalmente, mucho mejor que lo que imaginaba cuando buscaba
- No hay dudas sobre las intenciones del otro: si me viene a buscar es porque le intereso o le interesa lo que hago
- No tengo necesidad de demostrar nada a nadie: hago lo que me piden si es lo que sé hacer y lo quiero hacer. Si no me interesa digo que no y punto pelota.
- Puedo poner mis normas, dejar claros mis límites y pedir lo que quiero: siempre hay lugar para la negociación y para el acuerdo. En ese punto, me viene al dedillo la oración de la gestalt: tú eres tú y yo soy yo; si nos encontramos, fantástico, pero sino, no hay nada que hacer, porque tú eres tú y yo soy yo.
jueves, 27 de marzo de 2008
lunes, 24 de marzo de 2008
Ana en Onda Cero Radio Melilla
Hace unos días recibí una llamada al móvil desde un número desconocido. Al contestar, me habla la voz de un hombre, diciendo que se llama Rodolfo Ramos, psicólogo clínico. Tiene un programa de radio en Onda Cero Radio Melilla (Melilla!!!) sobre la intervención en situaciones de crisis. Cada semana entrevistan a algún profesional que trate ese tema desde diferentes técnicas y puntos de vista. Navegando por Internet encontró mi blog profesional (que tengo bastante abandonado, por cierto). Me propone entrevistarme ese mismo día, vía telefónica, para que explique como trabajo los procesos de duelo con la Gestalt y con las terapias que asocio: Reiki y Flores de Bach básicamente, ya que lo desconoce por completo y cree muy interesante conocer otras formas de abordar el tema de las que habitualmente hablan e el programa.
Os dejo el link del blog del programa. Mi entrevista es la nº 13:
http://intervencionencrisis.spaces.live.com/
Os dejo el link del blog del programa. Mi entrevista es la nº 13:
http://intervencionencrisis.spaces.live.com/
domingo, 16 de marzo de 2008
Adiós amor, adiós

El fin de semana pasada cerré un importantísimo capítulo de mi vida, coincidiendo con los 50 años. Para poneros en antecedentes, un breve resumen de la historia:
Conocí al que fue mi marido a los 16 años y nos enamoramos como lo que éramos, adolescentes. Nos casamos años más tarde y tuvimos dos hijos. Convivimos durante 19 años como matrimonio y soñábamos con envejecer juntos. No podíamos concebir la vida el uno sin el otro. Queríamos morir juntos para no sufrir la pérdida. Nuestros hijos son fruto del amor y del deseo.
Desgraciadamente, las cosas no son siempre como planeamos y hace 9 años decidí separarme, sintiéndome muy infeliz y desgraciada en mi vida con él. Al poco tiempo él se casó otra vez y tuvo una niña que actualmente tiene 5 años. Yo no he vuelto a tener una pareja estable.
Hace dos años, en enero 2006, murió repentinamente, de un ataque al corazón, con 49 años (curioso, ya soy más vieja que él). Su mujer no tocó nada de la casa, guardando la urna con las cenizas con ella hasta que hace un año aproximadamente conoció a otro hombre con el que convive. Hace dos meses decidió deshacerse de todas las cosas de Alberto, pidió a mis hijos que se llevaran lo que quisieran. Ese día mis hijos aparecieron en casa con la urna de su padre que quedó encima de un estante del salón de mi casa.
Me quedé muy descolocada y me entró mucha angustia al ver la urna. Yo aún no la había visto y saber que el que había sido mi marido, alto, fuerte, guapo, lleno de energía y queriéndose comer el mundo, estaba ahí metido convertido en cenizas me remitió inevitablemente a la fragilidad del ser humano, a la finitud, a la impermanencia, a la inutilidad del orgullo y de la prepotencia, de creernos la ostia, para acabar metidos en una urna hechos polvo, o en un nicho, o en una tumba bajo tierra comidos por los gusanos, esos seres vivos tan insignificantes y que solemos despreciar pero que al final pueden llegar a ser el último destino de este vehículo que es nuestro cuerpo.
En definitiva, conecté con mi propia muerte, con mi vulnerabilidad y con el dolor de su desaparición.
Como ya he dicho mil veces, no creo en las casualidades y sí en las causalidades, en la energía que rige nuestras vidas aunque no nos queramos enterar. Si la dejamos actuar, las cosas se ponen en su sitio de forma natural, que muchas veces va en contra de lo que social, cultural y educativamente hemos aprendido.
Decidí observar, observarme y dejar que las cosas sucedieran. Si Alberto había vuelto a casa, aún en forma de cenizas, por algo era. A lo largo del tiempo que ha estado en casa he pasado por diferentes fases: al principio, como he dicho, angustia; luego aceptación e incluso alegría. Me explico: a pesar de haber sido yo la que me quise separar, me di cuenta de que nunca había dejado de sentirlo mi marido, él y yo seguíamos unidos más allá de las apariencias. El hecho de que ella haya rehecho su vida sentimentalmente hablando en tan poco tiempo, que yo no haya tenido ninguna otra relación y que ella se haya desembarazado de la urna hasta acabar en mi casa, me estaba diciendo algo que yo no acertaba a entender. Finalmente, hablando con un amigo, lo vi claro: Alberto estaba donde tenía que estar, todo estaba en su sitio. ¿Todo? no, todo no.
Yo esperaba que alguien tomara la decisión de hacer algo con las cenizas. Ella no. Se había auto-descartado. ¿Las hermanas de Alberto? no parecían tener ninguna intención de hacer nada y además no tenían la urna. ¿Mis hijos? Sí, yo esperaba que mis hijos tomaran la iniciativa, pero no la tomaban. Nunca me planteé tomarla yo, yo era la que se había separado por lo que me auto-excluí directamente de cualquier cosa que hiciera referencia a él, incluso del dolor. Me negaba el derecho a llorar y sentir dolor por su muerte, como si no me tocara, como si no me afectara.
Hace dos semanas empecé a sentir que las cenizas tenían que salir de casa, que me pesaba su presencia, sentía una energía bloqueada en mí, en él, en mis hijos, en todos. Me fío mucho de mis sensaciones corporales e intuitivas y me dejo llevar por ellas. Hablé con mi hija, le pregunté a qué estábamos esperando. Me di cuenta de que no había intención, ganas ni impulso para hacer nada.
Y fue cuando hablé con mi amigo. Me comentó que energéticamente me tocaba a mí, su mujer. La renuncia de su otra mujer dejaba en evidencia que Alberto había vuelto a casa, los lazos energéticos, aún en la muerte, eran un hecho. Me di cuenta de que mi juramento, en mi juventud, de amor eterno a él y él a mí, seguía vigente. Yo, su viuda, podía tomar la iniciativa de darle sepultura en la forma que él había pedido. Sentí la imperiosa necesidad de hacerlo, de dejarnos libres mutuamente para seguir nuestro camino, cada cual el suyo.
Ese mismo día anuncié "oficialmente" a mis hijos, a su otra mujer y a sus hermanas que al siguiente sábado, el día después de mi cumpleaños, nos reuniríamos los que quisiéramos en Cadaqués para lanzar la mitad de sus cenizas al mar y domingo en La Cerdanya, en un bosque con nieve, sus dos amores, el mar y la nieve, sus dos lugares, Cadaqués y Mont Louis.
Así lo hicimos. En Cadaqués hacía una tarde preciosa, con tramontana, lo cual era ideal para nuestra ceremonia. Llegamos al lugar elegido caminando, una punta rocosa a ras de agua, protegida del viento, que da a alta mar. Yo llevaba la urna. La coloqué encima de las rocas y leí un trozo del Principito. Luego abrí la urna y la ofrecí a los que estábamos presentes, dos hermanas de Alberto (las otras dos no se vieron capaces de acudir), Judit, su última mujer, mi hija y yo. Mi hijo se había quedado en cama con una febrada de 40ª y una gastroenteritis de caballo.
Su perro bañándose y gimiendo mientras él se esparcía en su amado mar
Unas margaritas de Judit, unas mimosas mías, un dibujo de una mariposa de su hijita (para que Papá vuele). Tomar sus cenizas a plenas manos y lanzarlas al mar, al viento. Lágrimas sordas, dolorosas, serenas, liberadoras. Un espacio que iba naciendo en el interior de 5 mujeres de su vida a medida que él volaba.
El regreso fue plácido, sereno. El comentario unánime: nos sentíamos mejor que antes a pesar del dolor.
Mis hijos y yo hicimos el trayecto en coche hasta la Cerdanya esa misma noche, mi hijo estirado en la parte trasera del coche, con su fiebre y sus dolores, otra forma de hacer su propio duelo.
Al día siguiente Judit se reunió con nosotros en la montaña. También estaba Johnny, el marido de mi querida Nuria, que murió en diciembre, con su urna en casa. Él la enterrará en verano, al pie de una lila que ella nunca vió en flor.
Nos dirigimos en coche hasta un pequeño valle. Desde allí subimos andando una colina hasta un bosquecito precioso, cubierto por la nieve. Judit, Johnny, mis hijos y yo, y el perro, claro.
Justo cuando nos paramos en el lugar elegido, se puso a nevar, como el día de su funeral en Barcelona. Alberto adoraba la nieve. Lanzamos el resto de sus cenizas al viento y cayeron encima del blanco manto que recubría la vegetación del bosque. La vista sobre la Cerdanya desde allí es maravillosa. Y los copos que caían se unían a sus cenizas.
Volvimos a casa, la casa que él y yo construimos, nuestro refugio en nuestras adoradas montañas. Judit se llevó los objetos que tenía ahí de cuando ellos estaban casados, mientras yo tuve que abandonarla durante 7 años. Ahora es de mis hijos y yo vuelvo a estar en casa.
Y ese fue mi fin de semana pasado, al día siguiente de mi cumpleaños. Alberto se ha ido, ahora definitivamente y yo me siento bien. Etapa cerrada.
Adiós amor, adiós.
viernes, 14 de marzo de 2008
Crónica de reina por un día
Como la vida misma, una de cal y otra de arena.
Viernes pasado, al acabar de escribir la entrada de mi cumple, me fui a celebrarlo. Había quedado con una amiga que tiene un centro de terapias para recibir una sesión de Reiki múltiple. Esa misma amiga había se había, finalmente, hecho cargo de organizar ese día para mí. La idea era, tras la sesión de reiki, ir a cenar a un restaurante. Me quedé un poco perpleja cuando me lo dijo pues yo le había dicho que me gustaría celebrarlo en un sitio privado, como su centro y encargar una cena de pica-pica, poner música y estar entre amigos con más intimidad que en un local público. Me dejé llevar, con la confianza que esa amiga mi inspira por sus dotes organizativas, entre otras cosas.
Tras la sesión de reiki, nos dirigimos unos cuantos hacia el restaurante. Se suponía que los demás irían directamente. Caminando tranquilamente por Barcelona, charlando, pasamos cerca del local de un buen amigo, un bar de copas en el que he pasado muchos buenos momentos. Inmediatamente comenté a mis amigos que me gustaría ir a saludar a Serafín. Ellos me apoyaron diciendo que incluso podíamos pedirle que nos guardara sitio para ir después de la cena. Decidida me planto delante de la puerta y veo que está a oscuras. Extrañada, miro la hora y comento que es muy raro que esté cerrado. Acerco la cara a los cristales para mirar y veo una pequeña luz roja que parpadea. Me entró miedo. ¿Qué significaba esa oscuridad y esas luces rojas? Mientras, sin que me diera tiempo a buscar la respuesta, uno de mis amigos abrió la puerta y me empujó adentro. En ese momento, se encendieron las luces y de detrás de los asientos aparecieron toooodos mis amigos, mis hijos, gritando un fuerte: FELICIDAAAAAAAAAAAAADESSSSSSSSSSS
Jope!! Vaya sorpresa!! Entre mis hijos y mis amigos se habían compinchado para elegir el mejor lugar que yo podía soñar para la fiesta y eso que ni se me pasó por la cabeza!!!
Fue muy bonito, rodeada de toda esa gente a la que quiero y que me quiere.
Más entrada la noche apareció una caja enorme llena de regalos: mis hijos querían llegar a los 50, pero fue imposible. Me entregaron un papel con una lista numerada. Cada número correspondía a un regalo y debía seguir el orden marcado:

Viernes pasado, al acabar de escribir la entrada de mi cumple, me fui a celebrarlo. Había quedado con una amiga que tiene un centro de terapias para recibir una sesión de Reiki múltiple. Esa misma amiga había se había, finalmente, hecho cargo de organizar ese día para mí. La idea era, tras la sesión de reiki, ir a cenar a un restaurante. Me quedé un poco perpleja cuando me lo dijo pues yo le había dicho que me gustaría celebrarlo en un sitio privado, como su centro y encargar una cena de pica-pica, poner música y estar entre amigos con más intimidad que en un local público. Me dejé llevar, con la confianza que esa amiga mi inspira por sus dotes organizativas, entre otras cosas.
Tras la sesión de reiki, nos dirigimos unos cuantos hacia el restaurante. Se suponía que los demás irían directamente. Caminando tranquilamente por Barcelona, charlando, pasamos cerca del local de un buen amigo, un bar de copas en el que he pasado muchos buenos momentos. Inmediatamente comenté a mis amigos que me gustaría ir a saludar a Serafín. Ellos me apoyaron diciendo que incluso podíamos pedirle que nos guardara sitio para ir después de la cena. Decidida me planto delante de la puerta y veo que está a oscuras. Extrañada, miro la hora y comento que es muy raro que esté cerrado. Acerco la cara a los cristales para mirar y veo una pequeña luz roja que parpadea. Me entró miedo. ¿Qué significaba esa oscuridad y esas luces rojas? Mientras, sin que me diera tiempo a buscar la respuesta, uno de mis amigos abrió la puerta y me empujó adentro. En ese momento, se encendieron las luces y de detrás de los asientos aparecieron toooodos mis amigos, mis hijos, gritando un fuerte: FELICIDAAAAAAAAAAAAADESSSSSSSSSSS
Jope!! Vaya sorpresa!! Entre mis hijos y mis amigos se habían compinchado para elegir el mejor lugar que yo podía soñar para la fiesta y eso que ni se me pasó por la cabeza!!!
Fue muy bonito, rodeada de toda esa gente a la que quiero y que me quiere.
Mis hijos me hicieron un powerpoint, precioso y muy divertido.
Más entrada la noche apareció una caja enorme llena de regalos: mis hijos querían llegar a los 50, pero fue imposible. Me entregaron un papel con una lista numerada. Cada número correspondía a un regalo y debía seguir el orden marcado:
- Toma el nº 1 y empieza a explorar (abrí el regalo: una linterna)
- Nº 2: praparáte para observar: unos prismáticos
- Ponte lo que hay en el paquete nº 3, que no se te arrugue esa piel de 50 años...: unos guantes
- Por si tu cada vez más sensible piel se daña, aquí tienes la solución: una crema hidratante
- En el caso de que se acerquen demasiado, utiliza lo que hay en el nº 5 y verás como corren!! (refiriéndose a los hombres): una fusta
- Si quieres correr detrás suyo, mejor te pones el nº 6: un chándal
y así hasta 23 regalos. Entre ellos un super chulo reloj con cadena, de bolsillo (no me gusta llevarlos en la muñeca), un corazón de peluche que al apretarlos hace el sonido de un beso y dice: TE AMO, un diccionario de los sentimientos, collar, pulsera y anillo, dos pañuelos preciosos (suelo llevar casi siempre algún foulard, pañuelo, chal), una corona de reina, unas cartas de letras hebraicas, un kanguro de peluche con su hijito en la barriga, en fin..... tantas cosas!!!
Yo me lo iba colgando todo, poniendo todo encima de mí, divirtiéndome como una loca abriendo paquetes y siguiendo las instrucciones. Más tarde mi hija me dijo que lloraba de risa viéndome hacer el payaso y que nunca me había visto así, que era una faceta de mí desconocida para ella.
Poco a poco algunos se fueron y acabamos un pequeño grupo que nos quedamos hasta las tantas charlando y riendo, sacando cada uno una carta del tarot hebraico, que es una pasada de bonito.
Me queda pendiente ir un día a bailar desenfrenadamente. Viernes se hizo muy tarde y yo estaba muy cansada. Una llamada de mi madre, supuestamente para felicitarme, acabó en bronca y estuvo a punto de arruinarme el día. Además al día siguiente, me esperaba una ceremonia dolorosa: echar las cenizas de mi marido, cuya urna acabó en mi casa hace mes y medio tras dos años en casa de su viuda más reciente. Otras historias por contar....
Os dejo alguna foto:
Con mis dos hijos una vez abiertos todos los regalos
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