martes, 26 de mayo de 2009

Recapitulación

Solemos echar la vista atrás y hacer recapitulación de lo vivido a menudo en fin de año. Yo, la verdad, no lo suelo hacer y me doy cuenta de que, en serio, en serio, no lo he hecho nunca. Hoy siento la necesidad de hacerlo, de una forma amplia y extendida en el tiempo. ¿Cuánto tiempo? No lo sé, años, bastantes años. En realidad, no me importa el tiempo sino poder observar los cambios, las pérdidas, los logros, la evolución y cómo se ha ido desarrollando todo ello.

Tengo la sensación de haber vivido dos vidas en una y quién sabe si vivirá más. De lo que sí soy consciente actualmente es de dos partes muy diferenciadas: mi vida antes y después de divorciarme; una de inconsciencia y automatismos y otra de inicio y desarrollo de la consciencia, del autoconocimiento, del proceso personal, que me han traído hasta el momento presente. Hace exactamente 10 años estaba en plena crisis existencial, con un gran malestar en mi vida de pareja y sin saber qué haría con mi vida si finalmente decidía separarme, lo cual hice a los pocos meses.

Pero... quiero empezar esta recapitulación de otra manera. Quiero empezar por recordar a las personas que he perdido a lo largo de mi vida, que han muerto en el transcurso de los años vividos.

Mi primera pérdida fue mi abuela materna. A mis abuelos paternos no llegué a conocerlos. Mi abuela, Mamie, murió cuando yo tenía 7 años. Sé que fui consciente de su muerte,no me lo escondieron ni nada de todo esto, pero no recuerdo haber sentido dolor. Me entristeció no volver a verla, era afable y agradable. Íbamos todos los miércoles, toda la familia, a comer a su casa.
5 años después murió mi abuelo, Papi. Era muy viejo, casi 90 años y en los últimos años estaba demente y me daba miedo. Era un hombre muy severo y no especialmente cariñoso.

Durante muchos años no hubo ninguna muerte más en mi familia. No fue hasta 1 año después de casarme cuando yo tenía 24 años, que murió mi tío Jorge, el único hermano de mi padre, que se fue tras una extraña enfermedad, con 58 años. Me dolió, lo quería mucho, era un buen hombre, agradable, simpático, con buen humor. Curiosamente, el mismo día de su entierro, murió otro tío mío que ya tenía 80 años, de golpe, de un infarto, al regresar del funeral de mi tío Jorge. El tío René. Lloré mucho con esa doble desaparición. Macabramente, mi jefe de aquel entonces me dijo: ¡¡Usted los mata por pares!! Un poco de humor negro que me hizo bastante gracia dentro de la desgracia.

Algunos años después desapareció mi amiga Magda, compañera de trabajo en la agencia de viajes. Tenía una enfermedad, Lupus eritematoso. La fui a ver al hospital el día antes de su muerte. Acababa de nacer mi segundo hijo, Alex. Entretanto, sufrí el aborto donde perdí a mi hijo no nacido.

Después vino una época de varias muertes sucesivas. En pocos meses se fue mi primo y padrino, Juan, al que adoraba; su hermano y también primo mío, Roberto y mi tía Thérèse, hermana de mi madre. Poco después, la mejor amiga de mi madre y madre de mi mejor amiga, Ana María, con la que yo había pasado muchos veranos de mi infancia y adolescencia.

Mi tía Mª Angela se fue tras un cáncer de páncreas y después mi prima Mireille, también de cáncer.

Mi suegro murió en el año 93 y mi suegra en el 2004. De mi suegra, me doy cuenta de que no la he llorado mucho y eso que la quería. En parte, esa recapitulación de mis pérdidas es una forma de recordarlos y de reconocer la importancia que han tenido en mi vida. Mi suegra Nuria era una buena persona y la quería, además de ser guapísima. Conviví mucho con ella, a veces a mi pesar y en el cómputo general, el balance es que había mucha estimación y cariño entre ella y yo. La echo de menos.

Las dos últimas muertes han sido para mí las más dolorosas: primero Alberto, mi ex marido y padre de mis hijos, hace ya más de 3 años (parece que fue ayer y aún me cuesta aceptar que él ya no esté). Fue el amor de mi vida y aunque hubo mal rollo al final, él ha sido hasta ahora el hombre más importante de mi vida; la otra es la de mi querida amiga Nuria, a la que considero mi segunda madre, mi compañera de confidencias, de largas conversaciones en la montaña, entre los pinos, el amor más sincero, puro y auténtico que he vivido nunca. La añoro mucho.

En cuanto a mi vida personal e íntima, mi primera gran pérdida fue la de mi inocencia, la de la niña confiada, alegre y tierna por causa de un abuso sexual puntual en plena calle en una hora punta del día. No voy a extenderme en detalles, no me apetece. Lo único que diré es que ese hecho ha tenido muchas consecuencias en el desarrollo de mi carácter y de mi ubicación en el mundo, creándome desconfianza en mis relaciones y una fuerte tendencia a no contar con nadie, a apañármelas siempre sola y a tener una gran dificultad en pedir ayuda. En la polaridad opuesta, desarrollé una forma de seducción en la que intentaba agradar a toda costa, no creyéndome merecedora de amor, aprecio y estima, por lo cual, aunque en apariencia era fuerte y autosuficiente, en la práctica, sin darme cuenta, me dejaba "abusar" por personas, situaciones, trabajos, etc. 
He entendido que, con diversas formas, se repiten en nuestras vidas las situaciones que reproducen las escenas dolorosas en las que adoptamos un patrón de conducta, y se repiten para darnos la oportunidad de darnos cuenta de ello, aunque lo hayamos olvidado, para sanar esa herida y poder cambiar esa actitud que, en su momento nos permitió sobrevivir y que actualmente nos frena y nos perjudica.
Hoy estoy en pleno proceso de sanación de esta herida, reubicándome en el mundo, poniendo límites, contactando con lo que yo quiero, motrando y expresando mis sentimientos aunque no gusten a algunos....abandonando la actitud de dejarme abusar, cuidándome y tomando decisiones que me hacen sentir bien, digna, sobretodo digna. Gran palabra, DIGNIDAD.

En mi vida de casada fui feliz durante muchos años hasta que dejé de serlo. Mis hijos son lo mejor que me ha pasado. Decidí separarme, sin ser muy consciente de ello en aquel momento, cuando finalmente puse un límite a la actitud abusiva que tenía mi marido conmigo y que yo había dejado que ocurriera por "no discutir" y crear mal rollo.

Y ahí aparece mi segunda vida en la que, poco  a poco, con muchas dificultades y dolor, ahora puedo decir que ha valido la pena, que la sigue valiendo y que me va de puta madre hacer esta recapitulación para darme cuenta de los logros. A veces me olvido de como estaba hace 10 años, de lo perdida que estaba y ni en la más fantasiosa de las fantasías podía imaginarme poder llegar a lo que he llegado, a sentirme tan bien como me siento ahora. Volver la vista atrás y ver el camino andado me da fuerzas, ánimos y sobretodo, alegría. He pasado penuria, he llorado de impotencia, de tristeza, me he sentido agotada, sin fuerzas para seguir, en la oscuridad total, sin saber para donde tirar. Me he sentido sola, muy sola.

Hoy, me siento bien conmigo misma, me siento bien en mi casa, con mis hijos y mis animales; me siento bien con mi familia, con mis amigos, con mis colegas. Hoy me siento parte del mundo, de la humanidad. Poco a poco, todo se va colocando, aunque a veces me duele cómo ocurre esa recolocación, pues aparentemente va en contra de mis deseos. Aparentemente, ya que la experiencia me demuestra que al final, eso que me duele, eso que va en contra de mis expectativas resulta ir a favor de lo que quiero por derroteros que no podía imaginar.

Trabajo de lo que me gusta y me gano la vida con ello, lo suficiente para vivir bastante bien. De mi vida han ido desapareciendo (que no muriendo) las personas y situaciones que ya no servían para mi evolución, para mi bienestar. También eso me ayuda a aceptar ciertas pérdidas de personas a las que he querido o quiero.

A los 7 años, con el abuso que sufrí, perdí la alegría, perdía la inocencia, perdí la confianza. Me ha costado casi toda mi vida recuperarlas. En ello estoy.

Me olvidé de reir, me olvidé de disfrutar, me olvidé de jugar.

El círculo se cierra. 44 años después recupero la inocencia, la alegría, las ganas de jugar y de reír.

Esa es la conclusión de mi recapitulación. Sin más.


lunes, 18 de mayo de 2009

Generosidad

Ayer mi amigo Quim me invitó al teatro.  Por ser actor, tenía invitaciones y me dijo de ir con él. No le pregunté qué íbamos a ver, esa es una actitud nueva en mí, seguir mi impulso sin querer tenerlo todo controlado. Creía que era una obra y no, era un concierto, música contemporánea que en principio no me gusta. 

"Piturrino fa de músic". Ese es el nombre del espectáculo. Al inicio me puse tensa y pensé: joder, vaya mierda, eso no me va a gustar. Entonces me relajé y pensé: estás aquí y si estás aquí es que ahora mismo éste es tu lugar. Relájate y déjate entrar esta música, sea como sea. Entrégate a ella, a escuchar, a ver como se mueven los músicos, el director y cuando acabe ya decidirás si te ha gustado o no. 

Me metí totalmente, parecía que sólo existiera la orquesta y yo. No me di cuenta del resto del público, incluso me olvidé de mi amigo. Toda la atención estaba puesta en lo que se desarrollaba en el escenario, en los movimientos de los músicos y del director, en los colores, en las notas, en los instrumentos que las emitían, en observar y apreciar la maravillosa sincronía que se estaba produciendo ante mis ojos. En un momento dado, tuve la necesidad de sentir que lo estaba compartiendo, miré a mi amigo y me arrimé a él, sintiendo su contacto. Tuvimos una mirada cómplice, me preguntó si estaba bien y le contesté que sí. Volví a sumergirme en el espectáculo.

Había momentos en que la música me chirriaba, me hacía sentir mal, me removía y no me gustaba. Otras me encandilaba, me apasionaba, me deleitaba. Al acabar, me di cuenta de que me había encantado, que era un caos perfecto, una explosión de creatividad, un acto de generosidad por parte del autor, Carlos Santos.

 Ese mismo día me estaba sintiendo apretada, encogida dentro de mí misma, como muchas veces me he sentido y estaba sintiendo la necesidad de expansionarme, de darme, de entregarme con todo mi ser a la vida, en un acto generoso de darme a mí misma, de compartirme, no por esperar una recompensa, un premio o un reconocimiento sino por el placer de explosionar con todo lo que soy, sin escatimar nada de mí y así sentirme viva y disfrutar, haciendo disfrutar a los otros, como hace Carlos Santos con su espectáculo.

Ese concierto ha sido perfecto para mí por el momento que estoy viviendo, porque se trata de eso. Este tío me dio una gran lección que yo estuve a punto de desaprovechar, despreciándolo al principio del concierto y sin darle la oportunidad de escucharlo, condenándolo de antemano. La única que habría salido perdiendo soy yo. Fue un regalo y lo recibí porque previamente  me había entregado, dispuesta a recibir, dispuesta a que me llegara lo que hubiera, aunque no me gustara. La sorpresa fue que sí me gustó y hacía falta escucharlo todo para poder saberlo. 

Vivir la experiencia en vez de imaginarla, en vez de elucubrar, en vez de montarme la película en mi coco anticipando el resultado, sea mi anticipación a favor o en contra. Si es a favor y el resultado no corresponde con mi idea, sentiré frustración; si es contra, me cierro a la experiencia y me la pierdo.

Eso es la generosidad. Entregarme sin condiciones ante el que se entrega sin condiciones. Y ahí surge el milagro de la vida, en el aquí y el ahora, en el presente.

 

domingo, 12 de abril de 2009

Carta a mi hijo no nacido

Tardaste en llegar a mi vientre, me impacienté creyendo que no querías venir. Deseaba tu presencia y, al fin un día, ahí estabas!! Mi corazón se llenó de alegría, mi útero de vida. Ibas conmigo a todas partes, al trabajo, a casa, a la cama, en la cocina o en el salón; en las visitas a la familia, en los paseos y excursiones, al cine, en mis baños en el mar.

Hacía dos meses que vivías y crecías dentro de mí y una mañana al levantarme, advertí una pequeña mancha rosada. No le dí importancia o.... no quise darle importancia. Había oído que en los primeros meses de embarazo podía ocurrir coincidiendo con la menstruación. Me encontraba bien. No acudí al médico, de hecho no tenía. Eras mi segundo hijo y había decidido cambiar de ginecólogo, descontenta con el que me llevó durante la gestación de tu hermana Sara. Aún no había decidido a cuál ir, en ello estaba. Se lo comenté a mi hermana, tu tía y me aconsejó estar alerta hasta que fuera al médico. Pasaron un par de semanas y alguna que otra vez, muy esporádicamente, volvía a aparecer alguna manchita. Me hacía tanta ilusión tenerte que no quise enfrentarme a la posibilidad de que no estuvieras bien.

Aquel viernes 16 de septiembre de 1988 se casaba mi primo en St. Feliu de Guixols. Acudí a la boda, orgullosa de que fueras conmigo, ahí dentro de mí. Con tu padre, regresamos de madrugada, sobre las 3. Al llegar a casa e ir al baño antes de meterme en la cama, cansada y feliz, el tiempo pareció paralizarse al darme cuenta de que la sangre salía a borbotones de mi interior. 
Esperamos a que se hiciera de día y tu padre me llevó a la clínica donde había nacido Sara. Era sábado. Tenía la sensación de estar desangrándome por completo. En la clínica QUIRÓN (y lo pongo en mayúsculas para que se vea bien claro), tras explicar en recepción lo que me estaba ocurriendo y decir que el ginécologo que me había llevado en el anterior embarazo era médico de ahí, con una frialdad pasmosa me dijeron que no tenían urgencias ginecológicas y nos echaron a la calle sin miramientos. Nunca se lo he perdonado y no he vuelto a poner los pies ahí.

Tu padre y yo nos quedamos en mitad de la calle sin saber qué hacer, y era urgente tomar una decisión. Me sentí muy mal por no haber decidido ir al médico antes pero aquel no era momento para lamentaciones. Los dos corríamos peligro. La lógica y la urgencia se impusieron: ¿problemas ginecológicos?: Dexeus. Y ahí nos dirigimos sin dilación.

En Dexeus, sin preguntar nada y con la máxima celeridad, una vez explicamos el problema, me encontré inmediatamente atendida por una doctora, a la que nunca olvidaré, por su amabilidad, su dulzura y su sinceridad: alto riesgo de aborto, no te voy a dar nada para intentar salvar al bebé, eso sólo alargaría la agonía y si lo tienes que perder, lo perderás igual. Te vamos a hacer una ecografía, aunque los ecógrafos habituales, al ser sábado, no están en funcionamiento. Lo haremos con uno portátil que no es tan preciso.

En la ecografía te vi, minúsculo y aún vivo. Tu pequeñísimo corazón latía. Lloré mucho ante la posibilidad de perderte. Nos enviaron a casa con la consigna de que, si no pasaba nada antes, volviéramos lunes cuando la clínica funcionara ya con toda normalidad. Me pasé el resto del sábado y todo el domingo estirada en la cama, sólo levantándome para ir al baño. Estaba débil, la hemorragia continuaba con grandes coágulos.

Domingo por la noche empecé a sentir dolor. Eran contracciones de parto. Tu padre me llevó urgentemente a Dexeus otra vez. Volvieron a hacerme otra ecografía y, para ello, debía beber mucha agua sin orinar. Al entrar en la consulta para finalmente hacerme la ecografía, fui al baño previamente para limpiarme de la sangre que seguía brotando. Sentí como caían los coágulos y uno fue mayor que todos los demás. Al mirarme el médico, me dijo que ya no estabas. 

Las contracciones y el dolor desaparecieron y yo me sentí aliviada. Aquella noche la pasé en una habitación de la clínica. Era la noche del domingo 18 al lunes 19 de septiembre de 1988 y en la tele daban la inauguración de los Juegos Olímpicos de Seúl. Me quedé sola, me sentía bien. 

Al día siguiente me hicieron un raspado para eliminar cualquier resto del embarazo y evitar infecciones. El martes fui a trabajar y mi vida siguió su curso. Mi facilidad en evitar el dolor de las pérdidas me llevó, como siempre, a ver el lado positivo de la situación: si te habías ido era porque no estabas bien y era mejor así. No volví a llorar, no volví a sentir la tristeza por tu no existencia.

Al cabo de 5 meses me volví a quedar embarazada de tu hermano Alex, el pelirrojo. Cuando nació pensé que sin tu muerte, él no hubiera existido y eso también me reconfortaba. Poco a poco te fui apartando de mis pensamientos y de mi corazón, como si no hubieras existido. Sólo de vez en cuando, y sin un atisbo de dolor, recordaba tu breve existencia. A veces contaba riendo como te habías ido por el desagüe del water. ¡Qué habilidad en no conectar con el dolor y la tristeza!

Anoche, cenando con un buen amigo en un restaurante, te recordé, y no sólo eso: te hiciste presente, sentí tu presencia a mi lado, tan viva, tan cierta como si te estuviera viendo. Sentí como me susurrabas al oído: mamá, yo también soy hijo tuyo. Lloré, lloré mucho sin poder parar, como lloro ahora escribiéndote esta carta, lloro todo lo que no lloré cuando te fuiste.

Hijo mío, lo siento, siento haberte excluido de nosotros, siento no haber ido antes al médico para intentar salvarte, en mi inconsciencia, en mi incapacidad por asumir el peligro que corrías, por mi miedo a perderte. Me duele mucho la manera en que saliste de mi cuerpo, de mi vientre y por donde te fuiste, aunque tu corazón ya no latiera. Eres mi hijo y no supe cuidar de ti, ni en la vida ni en la muerte.

Esta carta que hago pública en mi blog es mi tardío reconocimiento a tu calidad de hijo mío y de tu padre, al que espero hayas encontrado entre las estrellas. 

No sé si eres niño o niña. Siempre te he imaginado niño. Yo no he gestado a 2 hijos, he gestado a 3, aunque tú no llegaras a nacer. Te quise, te deseé intensamente, viviste un tiempo en mi vientre, estuvimos unidos por el más íntimo de los lazos, el del amor y el del cuerpo. Durante este tiempo, tú y yo éramos dos en uno. Mi respiración era tu respiración, mi alimento, tu alimento, mi vida la tuya. No existe vínculo más potente y sagrado.

Te quiero y te añoro, hijo mío. Siempre estarás en mi corazón.

viernes, 27 de marzo de 2009

Marie de Hennezel, psicóloga y psicoterapeuta

"El corazón envejece cuando nadie solicita tu atención"

IMA SANCHÍS  - 26/03/2009

Tengo 62 años. Nací en Lyon y vivo en París. Casada por segunda vez, tengo 2 hijos y 6 nietos. Estoy semirretirada, escribo y doy seminarios sobre cómo envejecer bien. Soy experta en cuidados de enfermos terminales. Creo en Dios, pero prefiero la espiritualidad al dogma

A algunos de mis pacientes se les despertó el miedo a la vejez cuando alguien les cedió el asiento en el metro. 

En su caso, ¿cómo fue? 

Yo me di cuenta de que era mayor cuando tuve miedo de subirme a una escalera para limpiar la chimenea de casa.

Así, de sopetón. 

Sí, ocurre repentinamente, como la primera arruga, pero los 60 es la edad simbólica, cuando te dan el carnet sénior y te jubilan.

Europa está llena de séniors. 

Somos la generación del baby boom,vamos a vivir muchos años y nos da mucho miedo envejecer, pero hay dos maneras de hacerlo: como un descubrimiento y un crecimiento, o como un naufragio.

Cuestión de carácter. 
 

Las personas optimistas se adaptan a los cambios y han aprendido a ocuparse de los demás. Las que lo llevan mal suelen ser personas muy narcisistas que no han resuelto sus problemas emocionales yno tienen confianza en sí mismas ni en la vida.

¿Y dice usted que se puede aprender a envejecer con soltura? 

Sí, y la edad idónea son los 60, cuando somos absolutamente conscientes de lo que está en juego. Después, a los 70 u 80 años, es difícil cambiar, y ante la vejez hay malas y buenas actitudes.

Hábleme de ellas. 

Las personas que envejecen bien están en paz con su pasado, han trabajado los remordimientos, los reproches y las frustraciones. La ligereza de espíritu es condición para envejecer bien.

Si estás ocupado con algo que te interesa, el pasado pierde peso. 

Sí, es muy importante estar activo, pero hoy en día después de la tercera edad, que termina a los 75 años, viene la cuarta y la quinta (a partir de los 90 años), donde la vida interior es sumamente importante porque probablemente ya seremos dependientes y nuestro espacio puede ser muy reducido. Hay que estar preparado para aceptarlo.

¡Qué miedo! 

Esta sociedad no es para viejos, la gente llega a la vejez muy sola. Todos nuestros valores tienen que ver con ser joven. Por eso, cambiar la mirada de la sociedad sobre la vejez es un desafío y una responsabilidad para mi generación, porque hasta nuestros hijos temen nuestra vejez. No debemos convertirnos en una carga para ellos.

Ser dependiente no depende de uno. 

En parte. Si nos cuidamos psíquica (dando más importancia a la vida interior) y físicamente (comer bien, no fumar, hacer ejercicio), estaremos mejor. Y, aun siendo dependientes, podemos desarrollar cualidades interiores que nos ayuden a vivir mejor.

... Y eso hay que hacerlo a los 60. 

Sí, debemos aprender a estar bien con nosotros mismos y cultivar placeres como el de la contemplación de la naturaleza o la música, de manera que si llega la dependencia o la silla de ruedas tengamos recursos. Si uno aprende a recibir de los otros, el día que esté enfermo vivirá mejor esa situación, sabrá abandonarse a los otros.

¿Usted prepara a la gente para eso? 

Sí, la entreno en la meditación y en el placer de permanecer sin hacer nada y hablamos. Hay muchas cosas que uno debe trabajar a los 60 para saborear más tarde la vida.

¿Cuáles son los testimonios de ancianos que más le han conmovido? 

Los que tienen el sentimiento de que es una suerte envejecer porque hay mucha gente que muere joven; los que saben que el corazón no envejece.

El corazón se endurece. 

Cierto, pero la facultad de desear y de amar es lo que nos hace avanzar. He visto a mucha gente en los asilos replegada en sí misma, pero he visto también cómo las atenciones y las caricias diarias de una enfermera han devuelto la alegría de vivir a alguna de esas personas. El corazón humano nunca pierde la esperanza de amar y de ser feliz.

Sigue siendo triste. 

Lo que esto pone en evidencia es la responsabilidad que tenemos los unos hacia los otros, porque el corazón envejece cuando nadie solicita tu atención, tu ternura.

Sin afecto, es difícil disfrutar de nada. Sin afecto, morimos; pero hay que saber que si damos esperando recibir, no recibiremos nada. Las personas resplandecientes que he encontrado tienen una mirada sobre lo que las rodea benévola, y estas personas atraen a los otros. Los 60 años es una ocasión para reflexionar en profundidad sobre el amor.

¿Cómo prepararse para la muerte? 

En todas las tradiciones, contemplar tu muerte te hace más justo y ecuánime. Los indios americanos representan la muerte como un pájaro que llevamos sobre nuestro hombro. Todas las mañanas el pájaro nos pregunta: "¿Y si fuera hoy?"... Prepararse para morir es estar lo mejor posible en tu vida.

Aceptada la vejez, ¿cuál es el temor? 

Envejecer en una residencia, porque son instituciones que no tienen ningún respeto por el ritmo de cada persona. Hay que levantarse, comer, cenar y dormir a la misma hora. De repente, tras haber dormido toda tu vida en una cama grande, te meten en una camita de niño: sólo eso ya es una violencia.

Hay que cambiar las estructuras. 

Muchos grupos de amigos en Francia montan una comunidad, viven juntos pero no revueltos, establecen sus normas y se comprometen a que si uno cae enfermo, se vuelve dependiente o demente, el resto lo cuidará.

 Miedo al futuro

Conoce los miedos de sus pacientes y los propios ante la vejez. Para esa numerosa generación, hijos del baby boom,que ha pasado la barrera de los 60 ha escrito La suerte de envejecer bien (Plataforma), más de 100.000 ejemplares vendidos en Francia, donde hace frente al abismo de la cuarta y la quinta edad, cuando la movilidad queda muy reducida, y proporciona claves para vivir mejor la dependencia sin dejar de advertir que esa posibilidad está en el futuro de todos y de que ya va siendo hora de que dignifiquemos la vejez. "En hebreo, la misma palabra sirve para designar felicidad y vejez. Debería ser el tiempo en el que cultivar más nuestra alma y dar nuestra sabiduría a quienes nos siguen".

martes, 24 de marzo de 2009

De la seriedad y la risa

Recibo este correo de mi amiga Lía. Me ha encantado y lo comparto:

LA ONDA ENCANTADA DEL MONO AZUL


A veces la seriedad se come los mejores momentos, especialmente cuando la obligación de ser serio se impone como una regla intransable. Parece que hay cosas en la vida que son definitivamente serias y que la única manera de enfrentarlas es sin un atisbo de broma. Es una creencia antigua y asentada por siglos en la mentalidad que nos ha modelado a muchos, “la risa abunda en la boca de los tontos” decía mi madre y “no estoy para la broma” o “esto no es broma” agregaba mi padre, haciendo parecer, con eso, que había temas en la vida que jamás podrían acercarse, siquiera un poco, hacia lo no serio, Dios era tan serio, como lo era el futuro, como las enfermedades, el respeto era algo sometido a la seriedad. Y así las cosas, la diversión, el humor, la risa y tantas otras formas de la alegría, quedaron relegadas a mínimos momentos, a momentos especiales: una salida dominical, un circo, alguna programación televisiva, un cumpleaños, una fiesta en la playa, eventos, sólo eventos esporádicos, aislados en el tiempo y apartes del resto de la vida. Así, la vida se hizo seria, y ensimismados en resolver los grandes conflictos de la existencia, nos quedamos pegados, era imposible imaginar a los filósofos riendo a carcajadas o a los padres de la iglesia bailando payasescos en la mitad de la nada. Y se hizo dura la vida con tanta sombría seriedad, el trabajo es algo serio, sonreír sólo es una parte de la mercancía que venden los comercios y con ciertas exigencias estéticas, pero el resto del trabajo es serio, el profesor con sus alumnos y la formalidad de la relación que se establece entre ellos, a veces hasta por cuatro o cinco horas diarias y todos ¡tan serios!, a veces se registran, en los libros de clases, frases que hablan de chicos o chicas que se ríen en las clases y ello es una falta.

 
Después, la religión, la espiritualidad, las oraciones, los maestros ascendidos y las meditaciones profundas, todo serio, todo en serio, porque aquí se está hablando de la trascendencia y l a trascendencia es algo muy, muy serio.

Pero todo eso no es más que una creencia, una creencia con un origen y un desarrollo predecibles, una creencia perfectamente identificable en el tiempo, así de creencia, así de impuesta, así de surgida de la nada.
 
Las creencias generalmente surgen de detalles insignificantes, los que vistos en el momento en que surgen, es casi un chiste imaginar la trascendencia que posteriormente pueden alcanzar
Una historia que leí por no sé dónde (¡qué poco serio!), habla de un maestro que era interrumpido en sus lecciones por un gato, y que para evitar tal interrupción mandó a encerrar el gato antes de cada prédica, lo que sagradamente se hizo cada día, cuando el maestro murió, el gato continuó siendo encerrado y la descendencia del gato también, y se convirtió en un símbolo, que con el tiempo, superó el recuerdo del maestro.
 
Pienso en los rituales religiosos, en que por ejemplo lavar los pies de otros haya tenido un sentido dulcemente práctico y que luego tal gesto se haya asumido como un gesto trascendente en sí y por el cual nadie recibe nada práctico, sino que sólo un contenido que es mucho más complicado que el gesto. En fin, historias sobran, una amiga contaba que un matrimonio estaba a punto de separarse porque ella tenía la costumbre de cortar la cecina, el jamón, en cuatro trozos, el marido lo consideraba mezquino y alegaba, averiguando el origen de esta forma de actuar de la mujer, se supo que así hacía su madre y, por ella, que así hacía la abuela, entrevistada la abuela, por suerte aún viva, reveló que lo hacía para que la cecina tuviera cabida en un recipiente sellado que usaba para refrigerarla, así había nacido la costumbre que la nieta no podía dejar, porque así le habían enseñado y así tenía que ser.
 
Piensa: ¿cuántas cosas hacemos por creencias? “Que la vida es seria”, “que sólo el esfuerzo rinde”, “que no se ríe en los velorios”, “que la vida no es una broma”, “que se nota que ha madurado porque ahora se toma las cosas con seriedad”, etcétera, etcétera, etcétera. ¿Y si resulta que no es así?, si resulta que al mirar las consecuencias de estas creencias te das cuenta que has hecho de tu vida una rutina aburrida, reiterativa, una existencia complicada por mil cosas que aguardan irresolutas a tu espalda, que te has prohibido tantas cosas, porque a esta altura de tu vida eso ya no se usa, y que ya no te puedes negar a tantas obligaciones serias, que lo que la gente espera de ti es tu actitud madura…

Pues bien, ya está bueno, entre los sellos del Calendario Maya está este Mono Azul, el cual viene por estos trece días a movernos el piso, a perdernos las cosas, a hacernos jugarretas contrariantes, a revolvernos nuestro consabido orden, a sacar conclusiones mágicas de un apresuramiento chistoso, a resolver lo que no se había podido resolver nunca, y sin resolverlo, agarrándolo para el chiste, resolviéndolo con un pase mágico. Ya está bueno de caballeros y señoras grises, el mundo está lleno de colores y todos tenemos esos colores adentro, dejémoslos salir en estos días, deja que la vida fluya con la magia singular de este Mono Azul que se mueve justo al centro de lo humano y de lo animal más puro, vamos a recuperar a nuestro niño y nuestra niña interna, vuelve a alucinarte, por favor, detrás de una mariposa, no importa que no sea technicolor, vuelve a creer que con un puñado de tierra puedes hacer una montaña o que puedes trasladar el océano con un balde verde, habla con los peces , o con los pájaros canta, piensa que sí puedes volar y cuando surja alguna cosa grave, pesada, gruesa y regordetamente seria, hazle un chiste, lánzale una esfera de luz y transfórmala en algo maravilloso, ahora es un buen tiempo para esto
 
Una vez una amiga estaba haciendo una meditación y vio como aparecían los maestros entre los meditadores, para sorpresa de ella todos eran payasos, colorinches, gesticuladores y chistosos, eran arlequines con sus rostros maquillados en desorden, ella se asustó, pensó: ¿a quién llamé?, al término de la meditación preguntó a sus maestros, quiénes eran esos invitados y ellos le dijeron: éramos nosotros y vinimos así para que entiendas que no tiene por qué ser todo tan serio, que el cielo es una fiesta, que está lleno de niños jugando y que el sonido que abunda son risas, risas, profundas y tintineantes risas que sanan el alma y la vida, más que las profundas reflexiones o los intrincados procedimientos para llegar al éxtasis, mientras menos complicado, mejor, mientras más entretenido, mejor todavía y mientras más abiertos los ojos, más lindo y mientras más puro el corazón, más hermanos.


DRAGON RESONANTE ROJO


domingo, 22 de marzo de 2009

miércoles, 18 de marzo de 2009

Independencia emocional

Independencia emocional
Por Paulo Coelho


«Al principio de nuestra vida, y una vez más cuando envejecemos, nos hacen falta la ayuda y el cariño de los demás. Desgraciadamente, entre estos dos periodos de nuestra vida, durante el tiempo en el que somos fuertes y capaces de cuidar de nosotros mismos, descuidamos el valioso cultivo del cariño y de la compasión. Puesto que nuestra propia vida comienza y termina con necesidad de afecto, ¿no sería mejor que practicásemos la compasión y el amor hacia los demás mientras somos fuertes y capaces?»

La cita es del actual Dalai Lama. Es verdaderamente curioso observar cómo nos enorgullecemos de nuestra independencia emocional. Aunque, claro está, tal cosa sea muy cuestionable: seguimos necesitando a los demás durante toda nuestra existencia, sólo que resulta “vergonzoso” demostrarlo, y entonces preferimos llorar ocultamente. Y si alguien nos pide ayuda, es que se trata de un sujeto débil, de alguien incapaz de controlar sus sentimientos.

Hay una ley no escrita que dice que “el mundo es de los fuertes”, y que “sobrevive apenas el más apto”. Si esto fuese cierto, la especie humana no habría podido subsistir, pues sus individuos necesitan protección durante un largo periodo de tiempo (los especialistas dicen que apenas podemos valernos por nosotros mismos después de los nueve años de edad, mientras que una jirafa lo consigue en ocho meses como máximo, y una abeja alcanza su independencia en menos de cinco minutos).

Estamos en este mundo. Por lo que a mí respecta, yo sigo – y seguiré siempre – dependiendo de los demás. Dependo de mi mujer, de mis amigos, de mis editores. Dependo incluso de mis enemigos, que me ayudan a permanecer siempre adiestrado en el uso de la espada.
Desde luego, hay momentos en los que este fuego avanza en otra dirección, pero yo nunca dejo de preguntarme: ¿Dónde están los otros? ¿Acaso me aislé demasiado? Como a cualquier persona sana, también me hace falta la soledad, el tiempo de la reflexión.

Pero esto no debe convertirse en un vicio.

La independencia emocional no conduce absolutamente a ninguna parte – a no ser a una pretendida fortaleza, cuyo único e inútil objetivo es impresionar a los demás.
La dependencia emocional, por su parte, es como una hoguera que encendiéramos.
Al principio, las relaciones son difíciles. De la misma manera, con el fuego hay que conformarse primero con el desagradable humo, que dificulta la respiración y arranca las lágrimas. Sin embargo, una vez encendido el fuego, el humo desaparece, y las llamas lo iluminan todo, transmitiendo calor, calma, y, de cuando en cuando, haciendo saltar alguna brasa que nos quema, pero que también anima nuestra relación. ¿No están de acuerdo?

Esta columna empezaba con una cita de un premio Nobel de la Paz defendiendo la importancia de las relaciones humanas. Concluyo ahora con unas palabras del profesor Albert Schweitzer, médico e misionero, que recibió el mismo premio Nobel en 1952:

«Todos hemos oído hablar de una dolencia de África Central conocida como enfermedad del sueño. Lo que tenemos que saber es que existe una enfermedad muy similar que ataca al alma, y que es muy peligrosa, porque se desarrolla sin ser detectada. Al notar el menor síntoma de indiferencia y de falta de entusiasmo ante los demás, hay que hacer saltar las alarmas.

»La única manera de prevenirse contra esta enfermedad es entender que el alma sufre, y mucho, cuando la obligamos a vivir superficialmente. Al alma le gustan las cosas bellas y profundas».

Estas reflexiones de Paulo Coelho me han llegado de forma profunda y especial, ya que me cuesta horrores pedir ayuda y mostrar mi vulnerabilidad y mi necesidad de los demás. Creo que parte de los problemas del mundo es la impresionante individualidad que corre por en el interior de todos nosotros, especialmente en lo que llamamos "mundo civilizado". Parece que ser civilizado es ser individualista y compartir, participar, como lo hacen aún algunas tribus de nuestro planeta azul, es ser incivilizados.
Empecé el año con la clara sensación de que mi tendencia para el 2009 era ir abandonando mi tan querida individualidad y aprender a compartir, a darme cuenta de todo lo que los demás me están dando, regalando, aportando y a mi ves, compartir y compartirme. Y así está siendo, cada día un pasito más.
Es una gozada...lo estoy disfrutando mucho y cada día descubro cosas nuevas, cosas que estaban ante mis ojos y que yo no veía. Siento más que nunca el car´ño y el amor de los míos, tanto de mi familia como de los amigos que tengo cerca.

Pero.... no estoy totalmente de acuerdo con lo que dice Paulo Coelho, ya que hay un punto medio y hay gente para todo. Hay personas que, de forma inconsciente esconden su necesidad de los demás y la esconden tanto que ni ellas mismas se enteran de que las necesitan. El darse cuenta de eso es primordial para estas personas y para ello es necesaria la consciencia de lo que está pasando en su interior y eso... no es nada fácil.

Y por otro lado están las personas que aparentemente no saben dar un paso sin la opinión de los demás, que son totalmente irresponsables y se columpian en la vida a la espera de que alguien las saque de cualquier situación en la que ellas solitas se han metido.

Estos dos ejemplos representan dos polaridades de lo mismo. Una por demasiado y la otra por demasiado poco.

No creo que sea sana la dependencia emocional, tampoco la independencia emocional. Más bien creo en la responsabilidad (no en las obligaciones) que no es más que la habilidad de encontrar respuestas y soluciones a mis necesidades (a las mías, no a las de los demás) y si la solución a mi necesidad está en los demás, es mi responsabilidad pedir ayuda y eso no es dependencia emocional, sino, repito RESPONSABILIDAD conmigo misma.

En todo caso, siguiendo el hilo de lo que dice Paulo Coelho, creo en la interdependencia emocional, en saber contar los unos con los otros, en practicar la autenticidad con nuestros sentimientos y emociones, expresándolos cuando yo decido expresarlos, asumiendo las consecuencias de mi decisión.

Nacemos dependientes y solemos morir dependientes.....nacemos solos y morimos solos... quizás la cuestión es aprender durante el resto de la vida a valernos por nosotros mismos contando con los demás para logarlo. ¿Hay una sutil diferencia, no?

Y como dice el Dalai Lama: ¿no sería mejor que practicásemos la compasión y el amor hacia los demás mientras somos fuertes y capaces?» Ahí sí, ahí el dalai Lama le ha dado de pleno.