domingo, 3 de febrero de 2008

Una vida más

La vida de P. no ha sido fácil. La conocí el día que ingresó en la residencia como emergencia, en el mes de mayo pasado. Un hombre había llamado a la policía diciendo que haría volar el edificio donde vivía, que tenía bombas y armas suficientes para hacerlo. No quería nada más que protagonismo, salir en los periódicos y en la tele. Desalojaron la zona y nos trajeron a dos personas que vivían ahí: un hombre inválido y P.

Tenía dificultades para andar y sólo lo hacía ayudada de un caminador y de forma muy lenta.
Después de comer, me acerqué a ella, parecía muy nerviosa. Me preguntó si sabíamos algo de su hijo. Sorprendida, le dije que habían desalojado a todo el mundo, que si estaba en el edificio ya lo habrían obligado a irse. Entonces fue cuando me dijo que su hijo era el que había montado todo el pollo, que la había engañado para que saliera del piso y se había encerrado en él, dejándola a ella en el rellano.

Inmediatamente fui a consultar con mi jefa para aclarar si lo que me decía P. era verdad o quizás la señora tenía alguna demencia. Era cierto, aunque nadie nos había avisado. Estuve toda la tarde con ella y me fue contando detalles de su vida y de su hijos, como que su marido se había suicidado años antes.

La tensión de la situación en la calle era brutal y duró hasta pasada la medianoche en que convencieron al hijo de P. para que se entregara. Mientras, todos seguimos trabajando para alojar a los habitantes desalojados de la zona en diferentes hoteles y albergues.

Cuando todo terminó, la directora y yo fuimos a la residencia a darle la buena noticia a P.: su hijo estaba vivo y nadie había resultado herido. Pasó de estar atormentada por la vida o muerte de su hijo a estarlo por lo que sería de él a partir de aquel momento.

A lo largo de los meses he ido hablando y acompañando a P. en el duro proceso de aceptar lo que había hecho su hijo (ella decía que él no era violento, que no mataba ni a las moscas), ingresado en un centro psiquiátrico. Su hija se ocupaba de todo y venía a verla de vez en cuando a la residencia.

Pocas veces he visto a P. reír o sonreír. Solía estar triste y lloraba a menudo. El mejor momento fue cuando dejaron salir a su hijo de permiso un fin de semana y la vino a ver, lo cual se convertió en habitual: todos los fines de semana recibía las visitas de sus dos hijos, aunque ella seguía triste y preocupada por lo que sería de él en el futuro.

Por Navidad sufrió una embolia y se quedó hemipléjica. De vuelta a la residencia, permanecía en la cama. Parecía reconocernos y hablaba un poco. Iba a verla todos los días, a veces acompañando a la fisioterapeuta que le movilizaba piernas y brazos. Yo la tomaba de la mano, que me apretaba cuando le dolía y así yo avisaba a mi compañera.

Unos días más tarde se le produjo una trombosis en la pierna hemipléjica. En el hospital dijeron que no había nada que hacer, que la pierna estaba muerta, que se le iría pudriendo y acabaría por morir en breve.

Nos la trajeron de vuelta a la residencia para que lo hiciera en paz y rodeada de su familia y de los que la habíamos cuidado en los últimos meses. Ella decía que quería morirse aquí.

Jueves por la tarde se fue, dejó de sufrir y emprendió el viaje definitivo.

9 comentarios:

VERONICA CURUTCHET dijo...

Hola, he unificado mis blogs por lo que te invito a pasar cuando puedas por Wilhemina Queen.

un abrazo, Vero

Irreverens dijo...

Ana,

me gusta que nos cuentes la vida de estas personas (para nosotros anónimas) porque al menos a mí me ayuda a relativizar muchas cosas.
Y a comprender, sin duda, otras tantas.

Gracias.
Y besos.

Iria dijo...

Descanse en paz. Niña admiro el trabajo que realizas y como lo haces, incluso como lo cuentas…siempre te he dicho que trasmites paz, una vez más me reafirmo.

andresrguez dijo...

Descanse en paz. Seguro que allá dónde estea, lo pasará mejor y no tendrá una vida tan atormentada como en sus últimos días.


Hay cosas que pueden volver a ser, pero eso no suele pasar...

Besos

Pluskys dijo...

Joder, qué palo... pobre mujer. Hay personas que tienen una vida bastante triste.

Como dice Irre, estas historias nos ayudan a ver otra realidad, una realidad que la mayoría nos negamos a ver, o mejor dicho, no nos gusta mirar.

Me alegra que haya personas como tú. Gracias.

Besos.

Ana dijo...

A todos gracias por vuestros comentarios. Me alegra que estas historias reales, que son mi día a día, os sirvan de algo. Creo que la realidad supera muchas veces a la ficción y suele quedar en el anonimato de unas vidas dolorosas y con poca esperanza, que son tan auténticas como las nuestras. Algún día me animaré a contaros algunas de cuando trabajé con internos de prisión, otra realidad que no solemos querer ver.... pero eso es otro tema!
Un abrazo a todos

Vilo dijo...

P., pasó por esta escuela que es la Vida. Quizá ahora esté viajando hacia la universidad, que es el Espíritu. Para seguir aprendiendo. Para fundirse con algo superior. Quien sabe.

Que tengas un buen viaje, P.

V.

Desesperada dijo...

cuando leo historias como la de P me siento tan afortunada y me arrepiento de quejarme tantísimo. pobre mujer.

Mariano Zurdo dijo...

Es muy triste y duro lo que nos cuentas, pero no puedo por menos que darte las gracias. Nos muestras una realidad que sabemos que existe pero que ignoramos porque no la tenemos cerca ni queremos tenerla.
Que descanse en paz.
Besitos/azos.